viernes, 14 de septiembre de 2018

Respirar para sosegar


Decía Aristóteles: “El aire es tu alimento y tu medicamento”. Ciertamente el estagirita tenía razón. Su genio no sólo se dio cuenta de que sin el aire no podemos vivir, sino que además estuvo convencido del poder curativo del aire.
Es que el aire es vital para estar bien. Vive mal quien no sabe respirar. Respira mal el que vive mal. La buena salud física y emocional la debemos, en muchos casos, a la respiración. Sobre ello E. Browing decía: “Más vive la vida quien más aire respira”.
La importancia de respirar bien
Cada vez más se hace necesario que el hombre de la posmodernidad sepa respirar bien, porque el ritmo de vida frenético que lleva le provoca frecuentemente ansiedad e incertidumbre. Muchas veces esto desemboca en estrés y depresión. Por ello saber oxigenarse para relajarse, cada vez se hace más necesario. Ya no es un lujo, sino una necesidad vital. Por ello el ritmo de nuestra respiración es muy importante.
También es importante el modo cómo respirar. Para respirar debemos hacerlo por la nariz, no por la boca. Porque “si respiramos por la boca dejamos que los virus y las bacterias ingresen con facilidad a nuestro cuerpo, y además, el aire que ingresa por nuestra boca, no se regula y esto nos puede enfriar”.
Igualmente, es necesario practicar la respiración diafragmática; es decir, llevar aire hasta la parte inferior de los pulmones y guardarlo. Esto no sólo nos ayuda a respirar bien, sino a hablar bien. María Eugenia Polo recomienda: “Esta respiración hay que hacerla porque prepara a los pulmones para recibir aire nuevo. Inspiramos lentamente, retenemos unos segundos y expiramos. Si repetimos este ciclo varias veces, veremos cómo nos sentimos mucho mejor. Es una forma de vaciar la mente”.
La respiración y la salud mental
Decíamos líneas más arriba que el que respira bien, vive bien. La salud mental es lo que más debemos cuidar. Si nuestra mente está bien, nuestro cuerpo también. Y si tenemos controladas nuestras emociones, viviremos felices.
Cuando las personas se enferman por acumulación de problemas o sobrecarga de trabajo, recurren a muchas técnicas de autocontrol emocional: la relajación, la meditación, entrenamiento, detención del pensamiento, la nutrición, el ejercicio. Todo ello está bien, pero antes de probar alguna de ellas, más bien recomendaría apostar a ojo cerrado por una buena técnica de respiración. Polo volverá a decir: “La respiración es la fuente más importante de energía”.
La respiración nos tranquiliza. Nos da paz y nos ofrece sosiego. Necesitamos respirar para sosegarnos. Sobre el sosiego, Ramiro Calle lo define “como el camino que te lleva a la lucidez. El ejemplo más claro es el agua en el estanque: cuando el estanque está en calma, sosegado, el fondo puede verse con gran nitidez y claridad, se ven todos los matices y contornos, hay una visión clara que permite verla tal cual es”.
Si estamos sosegados, estaremos bien. Tranquilos, reconciliados, seguros para asumir retos y desafíos, para enfrentar con éxito los problemas de cada día. Así sabremos redirigir las emociones y los desafíos de cada día. Viviremos bien.

El Perú y la corrupción


“El Perú es un caso clásico de un país profundamente afectado por una corrupción administrativa, política, sistemática, tanto en su pasado lejano como en el más reciente”. (Quiroz, 2013: 39). Las palabras de Jorge Quiroz, sin duda representan un diagnóstico certero la corrupción en el Perú.

La corrupción ha penetrado en todos los estratos sociales desde los inicios de su vida como nación. Y más en este tiempo. Sin embargo, la corrupción en muchos casos, ha sido promovida por los presidentes peruanos. Quienes han logrado, en muchos periodos, institucionalizarla para usarla con fines económicos y políticos.

La corrupción política es un fenómeno que está profundamente arraigada en la cultura peruana. Ella fue favorecida en la época del Virreinato y se afianzó durante el nacimiento de la República peruana, con San Martín, Bolívar y los presidentes que ha tenido el Perú a lo largo de su historia. La vida de la joven República ha transcurrido con la corrupción y la ambición personal militarista, como telón de fondo.

La democracia actual de Perú, sigue arrastrando las cadenas corruptas del siglo anterior. Los métodos, las formas y las prácticas corruptas de antaño, con el paso del tiempo, se han perfeccionado. Ellas han sobrevivido y se han adaptado perfectamente a la posmodernidad. A finales del S. XX, e inicios del S. XXI, la corrupción en el Perú se ha mostrado virulenta y ha puesto en práctica novedosos métodos y estrategias para mantenerse vigente.

La corrupción de en el latín corruptio, que quiere decir “acción y efecto de destruir o alterar globalmente por putrefacción, también acción de dañar, sobornar o pervertir a alguien”. Ha tomado los tres poderes del Estado Peruano: Ejecutivo, legislativo y judicial y muchas instituciones sociales del país.

Los presidentes corruptos han montado sistemas creativos y organizados para saquear los presupuestos del Estado destinados a promover el desarrollo económico y social del Perú. Desde 1990, hasta el 2018, el Perú ha tenido 7 presidentes. De los 7, actualmente, 5 enfrentan procesos de investigación por corrupción.

Pese a todo, hasta hace poco, existía poca información sobre este tema. En muchos casos, porque la prensa de la época estaba amordazada, comprada, o simplemente, porque la información sobre los casos de corrupción era escaza. Sin embargo, a fines del S. XX e inicios del S. XXI, el desarrollo de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICS), la aparición de internet y la globalización han hecho que el conocimiento público del escándalo por corrupción y los juicios que la sociedad formula a su respecto están mediatizados (Martínez Gallego, 2013, p. 104).

Dentro de ese crecimiento de las TICS, la expansión de los medios de comunicación en el Perú provinciano y los beneficios de la globalización en la posmodernidad, el periodismo digital juega un rol protagónico en la democratización de la información. Gracias a él, las personas del mundo entero, están informadas, en tiempo real, minuto a minuto, de lo que sucede con los casos de corrupción en el Perú. Estos nunca más podrán ser silenciados ni disimulados.

Kuntur Phaway: El vuelo del cóndor

El cóndor en la mentalidad andina es un ave mítica, símbolo de la inteligencia, la fuerza y el poder. No en vano tiene como señorío los Andes de Sudamérica. Los incas pensaban que el cóndor era inmortal. La asombrosa inteligencia de esta ave les indicaba que se había hecho vieja y que era el momento de volver a empezar, de renacer desde las montañas, para empezar la vida otra vez.

El cóndor es el señor indiscutible de los cielos andinos. Su majestuosidad al volar, suave, reposado y, a veces, enérgico y veloz, cautiva y nos transporta hasta la eternidad. “El cóndor es un ave que transmite tranquilidad y belleza. Un dominio excepcional de los cielos. Eso es lo queremos transmitir en nuestro baile”, nos dice Christian Anthony, un adolescente entrador y espabilado, director de la Escuela de danzas que encumbra al cóndor como marca de su escuela. Ella se llama Kuntur Phaway, que, en el lenguaje de los antiguos peruanos, significa, “el vuelo del cóndor”.

El vuelo del cóndor es “arte, magia, energía, pasión y calma, a su vez”, nos responde Julio César, el coordinador de la Escuela. Además, nos dice: “no se trata de cualquier escuela. Esta es una escuela que lleva la marca agustiniana”, lo repite muy orgulloso.
Es verdad, esta escuela ha surgido del entusiasmo y del ímpetu de los jóvenes de JAR de Chota. Este movimiento es líder en Chota. La escuela de baile recoge el talento de los jóvenes chotanos, que siempre están dispuestos a ir más allá. Es así como se les ocurrió crear una escuela de danzas que reúna todos los ritmos.

“Yo admiro a estos jareños de Chota. Nunca están quietos, jamás se conforman con poco. Son exigentes. Y eso me gusta. Cuando surgió la idea de crear una escuela de danzas, que vaya más allá de las JAR, me encantó. Porque la escuela de danzas no solo es para JAR, sino para todos los jóvenes de la ciudad. Vienen a ella de la universidad, de los colegios y de otros grupos, niños, adolescentes y jóvenes. Es una ventana para formar líderes y para potenciar el talento de los chicos, lejos de los vicios y la mediocridad”, dice el asesor de JAR de Chota, fray Nicolás Vigo.

Los chicos se reúnen todos los sábados y domingos, al terminar la tarde, en el coliseo de los Agustinos Recoletos. Allí han encontrado un lugar privilegiado. En ese espacio, los jóvenes ensayan con mucha exigencia, ritmos que van desde las tobas, los caporales, hasta las danzas modernas.

Una de esas tardes me asomé por el coliseo y vi a una treintena de chicos ensimismados en la música. Era un mosaico de fuerza, ritmo y color. “¡Con más ganas! ¡Con más ritmo! ¡Vamos, chicos! ¡Una vez más!”, repetía convencido Cristhian, su exigente director y profesor de baile.

Kuntur Phaway apenas tiene meses de formada; no obstante, ya suena en la ciudad. Ya ha hecho presentaciones importantes. Uno de los temas que me intriga es saber cómo se financian, porque las vestimentas para las danzas que presentan son caras. Sobre ello, Celis, otro de los integrantes, dice muy seguro: “Nos autofinanciamos, con el esfuerzo de todos los de la escuela. Para ello hacemos actividades para conseguir dinero. Vendemos comida o lo que haga falta. Gracias a ello, podemos obtener las vestimentas para nuestras presentaciones”.  Hay que decir, que cada danza necesita un traje. Y teniendo en cuenta el número de bailarines, significa mucho dinero; sin embargo, eso a los chicos no parece que les preocupa.

Una de esas noches, me topé con la presentación oficial de los chicos Kuntur Phaway. Me quedé maravillado. Los jareños ponen energía y pasión en su baile. Giran como si estuvieran dentro de una espiral aérea. Sus cuerpos dibujan siluetas de colores en el escenario. Van rápidos y lentos. Suben, se remontan en el aire y bajan, solemne y pausadamente, como si se tratara de un cóndor majestuoso, real. 

Auguro mucho futuro a esta escuela de danzas chotana, no sólo por el talento de los chicos, sino por su espíritu de unidad. Más que una escuela, parecen un grupo de amigos: cercanos, sinceros, comprometidos y acogedores. Sin duda, en su escuela se respira el espíritu agustiniano. Y, además, me lo recuerda Aracely, otra bailarina, con los ojos abiertos y llenos de satisfacción: “Tenemos a Nuestra Señora, Madre de la Consolación, como protectora”. Frente a ello, sonrío. Y me digo para mí: “Qué chicos tan maravillosos. Realmente esta escuela tiene alma”. 

El apego que esclaviza


Cada vez que me topo con personas felices, me doy cuenta de que lo común que ellas tienen es que son libres. Es la libertad de la que gozan la que les proporciona la felicidad. No hay otro secreto. En realidad, ella es el valor más preciado al que debe aspirar todo ser humano.
Sobre ello san Pablo, en la Carta a los gálatas, les exhorta con una autoridad casi paterna: "Cristo nos liberó para ser libres. Manténganse, pues, firmes y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud." Y sobre este mismo tema, Oscar Wilde dice: “Sólo hay dos tragedias en la vida: una cosiste en no conseguir lo que uno quiere y, la otra, en precisamente conseguirlo”.
Lo que pasa es que el ser humano se empeña en hacerse esclavo. Muy fácilmente da en prenda su libertad. La vende por nada. Renuncia a ella alegremente por algún apego miserable e insignificante. Si hacemos el balance, nos daremos cuenta de que la libertad no tiene precio. No se debe perder así por así. Sin ella, el hombre se hace cautivo, dependiente de cosas y mendigo de sentimientos.
¿Qué es el apego?
San Francisco de Asís decía: “Necesito muy pocas cosas y las pocas cosas que necesito, las necesito muy poco”. Ahí está la clave. En tener el corazón limpio, libre de cosas y personas. Liberado de filias y fobias. Nada debe robarnos la paz interior. Nada debe turbar nuestro corazón. Borja Vilaseca dice sobre el apego: “Es un gran devorador de nuestra paz interior… es uno de los virus más letales que atentan contra la salud emocional de nuestra especie”.
La gente se empeña en tener cosas. Y adueñarse de personas. Nunca está satisfecha. Rafael Santandreu suele decir que “lo único que necesita el ser humano es agua y comida”. No necesita más para ser feliz; no obstante, las personas cuánto más tienen necesitan más. Se aferran a cosas y sin ellas no se sienten realizadas. Y lo peor es que, en ello, se les va la vida y la salud.
Otros se aferran a los seres humanos, los quieren poseer, dirigir y gobernar. Llegan al extremo de decir que no podrían vivir sin tal o cual persona. Esto es una gran necedad. En realidad, nadie nos pertenece. No podemos controlar a los demás. No podemos violentar su yo ni secuestrar sus sentimientos. Sólo somos dueños de nosotros mismos. Y de nadie más. Y no necesitamos de nada exterior para encontrar la felicidad. Ella, en realidad, es interior.
Es urgente liberarnos del deseo de tener, de poseer; de controlar y someter a los demás. Cuando nos liberemos, seremos más libres; más felices. Libres para ser nosotros mismos; para trazar nuestro camino a la felicidad; para encontrar la verdadera libertad que hunde sus raíces en el interior de cada persona.

viernes, 16 de marzo de 2018

La tiranía de la corrupción


Hace unas semanas conversé con mi amigo Marcos; él es dueño de una personalidad en extinción. Es demasiado joven para etiquetarlo como filósofo. Y muy listo para llamarle inteligente. En realidad, es poco amante de los títulos. A él no se le puede encasillar. Es un espíritu libre. Mejor es llamarle Marcos a secas. Así se siente mejor. Lo cierto es que en esa conversación  me hizo notar que la corrupción había consumado su tiranía y había conquistado sus últimos bastiones de la sociedad para consolidar su dominio. “La corrupción se ha entronizado como la dueña del mundo”, sentenciaba con su gracejo natural.

Yo suscribí su colección de frases recordándole que la corrupción hace ya muchos siglos que mantiene su hegemonía. Ella siempre ha estado allí. Ha colocado en el poder a reyes, príncipes, nobles y sirvientes. Y, en la actualidad, pone presidentes, ministros, congresistas y alcaldes. En realidad, ella es una tirana que seduce y enloquece a los que quiere.

Es el cáncer de la sociedad. -Así la llamó el Papa Francisco-. No olvidemos que corruptio
significaba para los romanos “destruir por putrefacción”. A pesar de ello es la mejor aliada de hombres ambiciosos que buscan lo fácil y renuncian a aquello que llamamos dignidad. El francés George Bernanos decía, que “El primer signo de la corrupción en una sociedad que todavía está viva es que el fin justifica los medios”. Y parece que este pensamiento de Maquiavelo es el que impera en estos tiempos.

¡Esto ha sido así! No obstante, lo que no puede ser -y no siempre ha sido así- es el silencio de los ciudadanos. La pasividad de aquellos que viven en la sociedad: Hombres y mujeres que no se enteran de lo que pasa. ¡Les roban y sonríen! ¡Les asaltan sistemáticamente y no dicen nada! ¡Les quitan su pan y se regocijan con las migajas! Los ciudadanos se han vuelto como los ídolos: “Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen oídos, y no oyen; tampoco hay aliento en su boca”.

Decía el recordado Kurt Cobain, el fallecido cantante de la banda Nirvana, “El deber de la juventud es pelear contra la corrupción”. A estas alturas, las palabras de Cobain suenan a pasado. Los jóvenes de hoy han sido adormecidos por las redes virulentas y la amnesia intelectual. Su espíritu de lucha ha sido cambiado por realidades aumentadas, irreales. Su espíritu rebelde ha sido sometido por las series, los videojuegos y la ley de menor esfuerzo. Por desgracia, el pasotismo ha doblegado el espíritu rebelde de nuestra juventud.

¿Y los viejos? Ellos caminan como pueden. Arrastran sus taras. Acarician sus heridas. Pelean con sus enfermedades y se entretienen restregándose su mala suerte en su cara.

¿Será la corrupción invencible? ¡Claro que no! Ella no puede alienar al ser humano. ¡Hay
que liberar a los hombres de su tiranía! Es el momento de suscribir las palabras del Papa Francisco. Él ha invitado a la sociedad a promover una “avalancha” mundial “para luchar contra el cáncer de la corrupción”. Nos ha impelido a denunciar, a gritar, a hacer bulla: “Debemos hablar de corrupción, denunciar los males; mostrar la voluntad de hacer valer la misericordia sobre la mezquindad; la curiosidad y la creatividad sobre el cansancio resignado; la belleza sobre la nada”. Y sumo a esto, la frase del buen Marcos: “La tirana de la corrupción se vence con un poco de amor propio y con mucha creatividad”.

miércoles, 4 de octubre de 2017

La generación Smartphone

Hace unos días leí una interesante entrevista que recogía el trabajo de Jean Twenge, profesora de Psicología de la Universidad de San Diego State University, sobre lo que ella denomina la ‘Generación Smartphone’.

El título del libro no podría ser más claro: “¡Gen: por qué los chicos superconectados están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y completamente no preparados para la adultez!”. Ciertamente las conclusiones a las que llega Jean Twenge, observando a 11 millones de jóvenes, son interesantes. Hay que estudiarlas una por una. No obstante, yo me quiero fijar en dos rasgos que señala en su estudio.

La norteamericana manifiesta: “Existen riesgos para la salud mental, hay potenciales efectos en el desarrollo de sus habilidades sociales dado que pasan menos tiempo con otros en persona y -algo que está comprobado por varios estudios- es que no están desarrollando las habilidades de lectura y la escritura que necesitan".

Si los de la ‘Generación Smartphone’, que comprende a aquellos nacidos después de 1995, son incapaces de desarrollar habilidades sociales, esto sería un grave problema para la sociedad ‘después de la postmodernidad’. ¿Por qué? Porque ellas son las capacidades innatas de relación que tiene el ser humano. Son las que hacen la vida de las personas más sencilla, gozosa y reconciliada. Es más, las habilidades sociales son los que crean el espacio ideal para la felicidad; es decir, un clima perfecto para las buenas relaciones y el entendimiento en las polis (πλις). Ellas no son otra cosa que la exteriorización del autoconocimiento interior, del autodominio de sí mismo que disfrutan los ciudadanos.

Por tanto, si el ser humano no desarrolla estas habilidades, tendríamos una sociedad enferma, en la que sus habitantes serían seres ensimismados, emocionalmente estériles, incapaces de interactuar con el vecino. Nuestra sociedad se convertiría en una futurista horda de cavernícolas solitarios y sedentarios: ignorantes, pero, eso sí, tecnófilos.

Del mismo modo, si nuestros niños y jóvenes no saben leer ni escribir, estaríamos asistiendo a la muerte de la cultura. El enterramiento de la tradición oral y escrita. Tendríamos que hablar, aceptando la tesis de dos lingüistas y semiólogos: Juan Biondi y Eduardo Zapata, sobre la era de ‘electronalidad’; es decir, de un nuevo estilo de ser de los jóvenes. Esto suena muy romántico y futurista; sin embargo, mirándolo bien, estaríamos asistiendo al triunfo de la simpleza e ignorancia, de lo trivial e irrelevante.

Si bien es cierto que el profeta de la postmodernidad, Zygmunt Baumann, hablaba de la sociedad líquida, sin moldes ni estructuras, carente de referentes y de absolutos: una selva sin límites, a mi modo de ver, ésta sería raquítica y superficial.

Lo peor no es que nuestros ciudadanos del futuro próximo sean cortos, ignorantes y simplones, sino que no gocen de una buena salud mental. Esto es muy serio. Estaríamos multiplicando por mil el número de analfabetos emocionales. Y potenciando el surgimiento de problemas afectivos… Y esto, ¡sí que es peligroso! Me pregunto: ¿Qué hacer ante este peligroso futuro de mediocridad intelectual y emocional? 

No lo sé. El problema es complejo. El diagnóstico podría ser reestudiado, e incluso, discutido. No obstante, creo que debemos afianzar la pasión por el conocimiento y la búsqueda de sabiduría en nuestros ‘chicos Smartphone’. Debemos sembrar hábitos de lectura. Lograr que se enamoren de lo que es esencial. Que se entreguen perdidamente a lo que vale la pena. Asimismo, hay que enseñarles a experimentar el arrebato mágico de la escritura y la fogosidad ardiente de la argumentación.


¡Necesitamos liberar a nuestros jóvenes! Ellos deben huir de las falacias y de los mitos. Hay que entregarnos a la tarea, de tal modo, que la curiosidad intelectual, el amor por la sabiduría y la pasión por el ser humano, rompan los pronósticos apocalípticos que se arrojan sobre ellos.  Y citando a Emilio Lledó, podemos resumir nuestra lucha en una frase: “Hay que hacer mentes libres”.

La importancia de decir gracias

Para aceptarse como uno es, hay que saber ser agradecido”. Esta frase, de un psicólogo desconocido, pone en evidencia lo necesaria que es la gratitud en la vida de las personas. Necesitamos ser agradecidos hasta con nosotros mismos. El poder de la gratitud no tiene límites.
Sin duda, la palabra ‘gracias’ es la llave que nos abre todas las puertas; es la varita mágica que hace que lo imposible sea posible. Ella, acompañada de una sonrisa, es capaz de rasgar el corazón más duro y hacer que las cosas imposibles sean realizables. La gratitud debe envolver toda nuestra vida. Ella siempre debe envolver nuestras relaciones sociales.
Debemos agradecer, incluso, cuando las cosas no van bien o cuando la vida nos ha pegado una paliza. Cuando aquello que nos ha sucedido no ha sido, precisamente, como para dar gracias. Es lo que propone Richard Bach, autor de Juan Salvador Gaviota, en su libro Gracias a los padres malos. Lecciones de una infancia difícil: “Gracias por derribarme, porque me has dado razones para volar; gracias por despreciar mi talento, porque he podido desarrollarlo siempre tal y como deseaba; gracias por tratarme como si fuera basura, porque he logrado comprender que soy un diamante; gracias por no estar allí para mí… Ahora estoy aquí para mí mismo; gracias por decirme que nunca llegaré a nada, porque ahora soy libre de convertirme en lo que quiera; gracias por hacerme sentir culpable, porque nunca más cambiaré de rumbo para complacer a otro”.
Además, la gratitud nos permite darnos cuenta cuánto poseemos y cuánto nos falta. ¿Cómo así? Ella es el medidor que nos dice cómo está nuestro interior. Si somos capaces de agradecer es que hemos desarrollado la capacidad de la gratitud. Hemos sido capaces de mirar más allá de nosotros mismos. Hemos sido capaces de hacernos agradecidos. Ya podemos sentirnos felices porque podemos decir a otro: ¡Gracias por lo que has hecho! ¡Gracias por lo que me has dado! ¡Gracias porque eres importante para mí! ¡Gracias por dejarte querer!
Siempre es tiempo para agradecer. La palabra ‘gracias’ no tiene tiempo ni lugar. Siempre cae bien. Siempre suena genial. También es un buen ejercicio mental agradecer por todo. Saber que todo lo que nos sucede en la vida puede convertirse en una nueva oportunidad. Podemos beneficiarnos de ello. María Eugenia Polo, catedrática de la Universidad Pontificia de Salamanca, dice: “¡Podemos dar gracias por tantas cosas! Y no cabe duda que el comienzo y el final del día son cruciales para dar sentido a nuestra vida. Cada amanecer es un regalo”.

Por ello, cada vez que nos levantemos, la primera palabra que debe salir de nuestros labios es ‘gracias’: gracias a Dios por la vida, la naturaleza, por ser y estar. Si hacemos esto todos los días, encontraremos miles de razones para ser felices y hacer felices a los demás. No te olvides, que jamás falte la palabra ‘gracias’ en tu vocabulario habitual. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

El joven es el presente

“La juventud anuncia al hombre como la mañana al día”. Sin duda, esta frase de John Milton recoge la importancia de la juventud para el ser humano. La juventud es el despertar de la creatividad, es el cenit del ímpetu, es el imperio de la pasión. ¡Bendita juventud! ¡Quién pudiera encerrarla en la cárcel de nuestro cuerpo y tenerla para siempre! Es más, los seres humanos jamás quisiéramos que suceda aquello que recita Rubén Darío en su poesía: “Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver”. Nunca queremos perder la juventud.
La juventud es como una lámpara que arde y que el sabio levanta para alumbrar el árido sendero de la sociedad envejecida. Siempre la juventud será una luz renovadora. Una luz que se atreve a desafiar a la estupidez acumulada de una sociedad enferma. Es más, sólo el sutil y fresco estilo del joven es capaz de ridiculizar las ideas de los ‘talibanes’ confesos, de aquellos hombres grises de mente cerrada, carceleros de la verdad. La juventud pone en ridículo a aquellos seres que se sienten jueces de las opiniones por el hecho de haber vivido mucho. A ellos, la juventud les recuerda que las ideas, como la vida, son dinámicas y cambiantes: que nada es estático. Que ellas no se pueden encerrar en las galeras del dogmatismo y la tiranía. Los jóvenes sí pueden cambiar el mundo. Ellos tienen la energía y el coraje para hacerlo.
Con tristeza vemos que la sociedad actual no es otra cosa que la tiranía de los viejos. Sí, la gerontocracia es dueña del mundo y los jóvenes han sido relegados al limbo del después. Nuestros jóvenes se contentan con ser pasajeros eternos del coche infantil. Juegan a ser eternos jóvenes. Se han creído aquello que “son el futuro”. Yo diría que son el presente. Su tiempo es hoy.
¡Pobres jóvenes! Decía un querido profesor mío: “Los jóvenes esperan hacerse viejos para ocupar los puestos que los ancianos dejarán por muerte o demencia senil”.  Es verdad. Tiene razón. Lo triste es que para cuando llegue ese momento, los jóvenes de hoy ya se habrán hecho viejos. ¡Ya no serán jóvenes! Habrán perdido la lozanía de su juventud. ¡Qué terrible desgracia!
¿Qué pasa con los jóvenes? ¿Por qué no se les toma en cuenta? ¿Por qué no se cree en ellos? Los jóvenes son líderes innatos, capaces de ilusionar a los demás. Sus ideas bullen en una espiral infinita de energía y pasión. Ellos poseen una forma especial de ver el mundo. Aún creen en el amor. Su mente aún no está contaminada por fundamentalismos, filias y fobias fabricadas por los viejos. Su mirada todavía es diáfana, transparente, sincera: sin malicia. Aún no han pactado con el poder.
Abogo por los jóvenes. Ellos gozan de la fuerza vital, necesaria. Tienen en su mente la creatividad empozada, virginal. Y lo más importante, poseen visión de futuro: saben arriesgar. - Riesgo es lo que le falta al mundo-. Ellos, además, son dueños de una visión positiva de la vida: la aman. Se encandilan con los derechos humanos: creen en la justicia. Están enamorados de la libertad. Enaltecen la igualdad y sueñan el mundo como una escuela de fraternidad y amor. ¿Qué más necesitan creer? ¿Qué más tienen que adjuntar en su currículum vitae?

Creo que debemos dejar al joven de hoy ser el líder del presente. No cometamos el terrible crimen de postergarlos para mañana. No los dejemos de lado. ¡No hagamos tal filicidio! El tiempo de los jóvenes es hoy, y su futuro es… su hoy prolongado.