martes, 7 de febrero de 2017

El hombre derramado

Dicen los pesimistas que nuestra sociedad camina a su perdición. Que todo apunta a la aniquilación y a la destrucción de nuestra cultura: “Occidente cava su propia tumba”. Es más, los vaticinadores de desventuras denuncian enérgicos la desintegración de la sociedad. La llegada de la hora cero. Más aún, en muchos lugares ya se han tocado las trompetas que anuncian el derrumbamiento de los muros que sostienen nuestra civilización. ¿Tendrán razón? ¿Su grito será certero? No lo sé. ¡Quién sabe!

Lo que sí sé, es que el hombre del s. XXI se ha decidido a vivir en la apariencia: se regodea en la doxa (δόξα). Siguiendo al buen Platón, los hombres viven en la caverna. Allí gastan sus años en medio de las sombras y la oscuridad. ¡Vegetan felices! Se resigan a la ceguera y a la mediocridad. ¡Esto es un gran problema! Me decepciona que el ser humano se contente con tan poco. Que haya claudicado tan fácilmente. Que dé sus espaldas a lo esencial. Que viva en la sombra, enajenado, alienado de sí mismo.

No exagero. El hombre postmoderno está derramado. Se arrastra entre lo que no sirve y lo que defrauda. Entre lo efímero y lo pasajero. Entre el vacío y el desamor. Ha renunciado al conocimiento (ἐπιστήμη). Y se complace en el prejuicio y la ignorancia. Se alimenta de creencias irracionales.

La postmodernidad nos ha proporcionado regalos grandes. Cosas loables, buenas, acertadas e inteligentes. Cosas aplaudibles, como el desarrollo de la tecnología, la inmediatez en las comunicaciones, la cercanía en la aldea global, etc. No obstante, en su giro veloz, ha echado por tierra todo absoluto. Sin darse cuenta, en el estruendo de su grito estentóreo, ha dejado al hombre sordo y mudo: deficiente. Sin referentes dignos. Incapaz de encauzar a sus fobias y a sus filias. Metido en un laberinto existencial.

Quisiera que los hombres cada vez sean más libres. Me encantaría que cada vez más el ejército de gente liberada se multiplique por mil. ¡Qué más quisiera! No obstante, cuando hablo con la gente, descubro sus llagas; veo sus heridas abiertas; recibo los golpes de sus caídas. Sangre de decepción. Costras de vacío. Cortes de desamor. Es un cuadro lúgubre: ¡El hombre postmoderno herido de muerte!

¿Qué hacer? ¿Cómo salvamos al hombre? Aunque parezca absurdo, el desafío que debe asumir nuestra sociedad es decidirse de una vez por la ‘Revolución del pensamiento y del amor’. Tan claro como eso. Simplemente pido: enseñar a los hombres a pensar y a amar. ¡Pensar, pensar, pensar! ¡Amar, amar, amar!

En el correcto ejercicio de pensamiento está el conocimiento fértil, fecundo. Que da vida. Que ejercita en la libertad. Que rescata de la ignorancia. ¡Que salva al hombre de la superchería y la estupidez!

Si nuestra gente no fuera analfabeta emocional –y analfabeta académica también-. ¡Si pensaran correctamente! Si desterraran sus ‘creencias irracionales’. Entonces, saldríamos del indignante tercer mundo y abrazaríamos el cuerpo hermoso de la justicia y el derecho.

Sólo el pensamiento crítico y el amor diáfano nos pueden hacer renunciar a la corrupción institucionalizada, a la ‘viveza criolla’, a la ‘Cultura Combi’ -y ahora ‘Mototaxi’-. Cuando lo hayamos logrado, entonces, la democracia no se construirá embruteciendo a los niños; canjeando votos por fósforos; ni legitimando en el poder a delincuentes, mafias ni lobbies; menos, comprando conciencias con un puñado de soles mal conseguidos.


Reclamo. ¡Sí!. ¡Urjo la pronta liberación de los rehenes de la caverna! ¡La salida digna de los cautivos! Y apuesto por la llegada de la luz. Por el gobierno del pensamiento lógico y racional; justo y ético. Y creo, sinceramente, en el triunfo de la ‘Revolución avasalladora del pensamiento y del amor’.

Apostar por la transformación personal

Hace unos meses, me topé con una entrevista a Rafael Santandreu que hablaba sobre las bondades de la psicología cognitiva. Este famoso psicólogo español ha publicado varios títulos exitosos sobre ello. Uno de mis favoritos es El arte de no amargarse la vida.

Cuando leí este título por primera vez, llamó poderosamente mi atención. Ni corto ni perezoso, pedí a un buen amigo que me regalara el libro. Así llegó a mis manos. Cuando me lancé a su lectura, recordé mis sesiones de coach que hice en Madrid. En realidad, me refrescó todo. Y me dejó un buen sabor de boca porque respondía a preguntas que, normalmente, me hacen muchas personas diariamente.

El libro no tiene pierde. Su gran mérito es obsequiarnos varias pinceladas para mirar la vida desde una perspectiva cognitiva, huyendo de los mitos, tópicos y creencias irracionales. Hoy quiero fijarme en algunos detalles que pone en su libro.

Transformarse es posible
Santandreu cree resueltamente en la transformación del ser humano. Este manifiesta que mucha gente vive en el neuroticismo; es decir, el gusto de muchos por vivir en la angustia, la depresión, la ansiedad y la obsesión.

En esto último, coincido plenamente con él: suelo decir, “que la gente se empeña en vivir mal porque quiere. Porque disfruta vivir así”. Encerrados en sus incontables miedos desconocen que la vida no es para vivir mal; sino para disfrutar de ella. Para sacar lo mejor del ser humano mediante la fortaleza emocional. Sobre ella Santandreu, cuenta lo que dice a sus pacientes en la consulta: “Esa fuerza (emocional) les permitirá disfrutar de la vida con plenitud. Aquí no queremos vidas normales, grises o simplemente estables –les digo-: queremos aprender a aprovechar todo nuestro potencial”.

La clave es la transformación mental
Este psicólogo cognitivo manifiesta que la clave para el cambio en el ser humano es cambiar de pensamiento. Aprender a pensar, de tal forma que nos convirtamos en personas emocionalmente inteligentes. Capaces de saber leer los problemas y las dificultades.

En resumen, saber cómo tomar y qué hacer con lo que nos sucede. Sobre el mismo tema, María Eugenia Polo, catedrática de la Universidad de Salamanca, manifiesta: “la capacidad de resolver problemas cotidianos o de ser feliz apenas tiene parentesco con nuestro intelecto. La inteligencia académica tiene poco que ver con la vida emocional”.

Como ven, el cambio es posible. Depende de nosotros. Tenemos que aprender a pensar. Hay que cambiar el modo de cómo enfrentar los problemas. Nada es tan terrible como parece. Nada merece nuestro desasosiego. Bien podemos decir, que ante lo que nos sucede, nos falta un poco de realidad. Debemos mirar las cosas tal y como son. Nunca hay que ponernos en el plan de víctimas. Menos, creernos débiles, incapaces de tomar buenas decisiones. Asimismo, hay que tener la capacidad de hacer frente a nuestros retos y desafíos diarios.

Para ello una buena ayuda es la psicología cognitiva. Ella se basa en el cambio por el pensamiento; es decir, nos obliga a pensar correctamente, por medio de un proceso lógico de pensamiento. O si queremos, por medio de un minucioso proceso de inferencia, que no haga derivar a nuestros pensamientos en falacias, mitos o creencias irracionales.


Como conclusión, diremos, siguiendo a Santandreu, que: “Cambiar es posible. Nos costará un esfuerzo continuado, pero se puede lograr. Transformarse en alguien positivo es esencial para disfrutar de la vida. La fuerza emocional es el principal pasaporte para ir por el mundo”.

Somos lo que pensamos

La palabra es capaz de aplacar el miedo, de disolver la tristeza, de exaltar la alegría, de mover a la compasión. Gorgias.

Las palabras no solo tienen el poder de significar, de dar sentido a la comunicación, sino de despertar actitudes en los seres humanos. Las palabras afectan directamente nuestra vida. El teólogo Jacinto Núñez Regodón dice: “Hablar es rabiosamente humano”. Poniendo énfasis en el poder persuasivo, conmovedor y humanizador de la palabra.

Somos lo que pensamos
Muchos psicólogos afirman: “Somos lo que pensamos”. Javier Akerman es uno de ellos. Él dice: “El cuerpo es la expresión de la totalidad del pensamiento que tiene usted de sí mismo”. Por ello nuestro cuerpo reacciona de acuerdo al lenguaje que le comunicamos. Muchas de las enfermedades fisiológicas y mentales tienen que ver con el tipo de comunicación que tenemos con nosotros mismos. La mayoría de las personas son victimarias de sí mismas. El lenguaje que usan consigo mismas es destructivo y limitante.

María Rosa Fernández Oñate atribuye a la mente un enorme poder. La considera como un iceberg que consta de dos partes, la consciente y la inconsciente: “la mente consciente, que equivale a la parte emergida del iceberg, nos ayuda a tomar decisiones y nos presta asistencia en situaciones nuevas. La mente subconsciente, que representa la parte sumergida del iceberg, se encarga de la repetición de los comportamientos aprehendidos”.

Por ello, la clave para tener una buena salud mental está en la forma cómo pensamos. Si lo hacemos correctamente, tendremos buenos resultados y una vida fenomenal. Si pensamos negativamente nos convertiremos en seres lánguidos, marchitos y mustios. Cuando llenamos nuestra mente de pensamientos incorrectos e irracionales nos convertimos en personas tóxicas, ensimismadas y extrañas de sí mismas. Podríamos decir: Dime lo que piensas y te diré quién eres.

El dialogo interno
Muchas veces nos quedamos con las peores situaciones que hemos vivido. Seleccionamos exactamente aquellos eventos del día que nos han hecho daño. Los proyectamos una y otra vez en nuestra mente, hasta el cansancio. El resultado es catastrófico. Con esta actitud nos estamos diciendo que todo es negativo. Que no hay otra cosa en nuestra vida que el fracaso, el dolor y la infelicidad.

Se trata del diálogo interno. Hablamos con nosotros mismos usando el lenguaje negativo en un diálogo interior, circular y nefasto que nos encierra en el fracaso y la mediocridad. Nuestro cuerpo recibe un lenguaje negativo que nos paraliza, y muchas veces, es el caldo de cultivo de muchas enfermedades fisiológicas y traumas psicológicos. Sobre ello, Rafael Santandreu dice: “Las palabras pueden convertirse en auténticas medicinas para el espíritu o veneno. El lenguaje no es inocente; puede integrar o excluir, acariciar o insultar, unir o separar, exaltar o denigrar”. 

El lenguaje emocionalmente correcto

Por ello es mejor hacer una selección de eventos positivos y constructivos de nuestro día a día, que nos ayuden a mirar la vida con alegría y optimismo. Hay que pensar positivamente.  Tenemos que extraer lo bello, lo bueno, lo verdadero. Sólo así podremos decir a nuestro cuerpo un lenguaje emocionalmente correcto que nos permita encontrar la felicidad. No lo olvidemos nunca: “Somos lo que pensamos”.   

El reto de ser uno mismo

Aunque no me lo crean, muchas personas pasan su vida sin ser ellos mismos. Encarnan una historia ajena. Son extraños de sí mismos. Nunca se conocen. Son unos auténticos desconocidos para ellos mismos.
¿Qué es eso de ser uno mismo?
Ser uno mismo es despojarnos del ego -que no es ni más ni menos que un falso ser-, para conectarnos internamente con lo que somos, no con lo que tenemos.
María Eugenia Polo, Catedrática de la Universidad Pontificia de Salamanca, advierte que el mayor peligro para no ser uno mismo es el ego. Sobre él, dice: “es un vampiro que necesita permanentemente de la sangre de la aprobación ajena, de pretender gustar a todo el mundo”.
Siempre hay que luchar contra el ego. Cuando lo matamos, nos damos cuenta de que para ser felices no necesitamos de la aprobación de los demás. Muchos cometen este error. Quieren agradar a todos desconociéndose a sí mismos. Es decir, viven la vida de otros. Y sacrifican lo valioso que tienen dentro de sí.
La clave, la autoestima
La decisión de hacer un viaje al interior de nosotros mismos la toma cada uno. Y cuando uno ha hecho ese esfuerzo posee la seguridad de saber lo que hay dentro. Sabe cuáles son sus potencialidades, sus capacidades y sus fortalezas. Si lo queremos llamar de algún modo, esto es tener una sana autoestima. Ni sobrevalorada ni minusvalorada.

Una persona sana, reconciliada consigo misma, no necesita impresionar a nadie. Porque su gozo es interior. Sabe lo que tiene y conoce los fundamentos interiores. Ello es su seguridad. No necesita más.
La autoestima lleva a la autoconfianza. Ella es lejana de la soberbia. La seguridad interior debe salir a flote y desarrollar nuestra personalidad. Tihamer Toth, dice sobre ello: “Nadie es tan desdichado como el que vive deseando ser distinto de lo que la naturaleza dispuso que fuera”.
¿Cómo lograr ser uno mismo?
Para ello debemos asumir con radicalidad todo lo bueno y valioso que tenemos dentro. Y dejarlo que se desarrolle. Debemos ponerlo en práctica, de modo que ello nos haga feliz. Baltazar Gracián en su libro El arte de la prudencia, habla de virtudes: “Has de saber en qué profesión eres más capaz, y cultivar eso, y usarlo para ayudar a los demás. Cualquiera puede conseguir la prestancia en algo, si descubre que esa es su vocación. Conoce tu virtud principal y aplícate a ella: por ejemplo, unos se destacan por el buen juicio, otros por el valor. La mayoría no hace caso a los consejos de su inteligencia y por ello no consigue el éxito. Quien ignora sus razones y se lleva de sus pasiones, con el tiempo recibirá un desengaño”.
Debe quedarnos claro que el autoconocimiento no sólo nos hace felices, sino que nos da las herramientas para poder desenvolvernos en sociedad. El autoconocimiento no termina en uno mismo, sino que nos da la sabiduría para abrirnos a los demás. Schopenhauer decía: “Para vivir en sociedad hay que tener la sabiduría del erizo: Saber a qué distancia ponerse para no lastimarse”.

Ser emocionalmente inteligentes

“Cualquiera puede  enfadarse, eso es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta sencillo”. Aristóteles.
A lo largo de la historia, sólo se ha potenciado el coeficiente intelectual de las personas. Esto ha supuesto un tremendo error.
¿Por qué? Porque hay muchas personas que tienen acumulado muchos conocimientos, pero son “analfabetos en inteligencia emocional”. No debemos olvidar que las emociones son vitales para el ser humano. Forman parte de nosotros. María Eugenia Polo, catedrática de la Pontificia Universidad de Salamanca, manifiesta: “La inteligencia tan ensalzada sólo nos ayuda en un 20% a ser exitosos en nuestra vida; el resto es cosa de habilidades emocionales”.
Es más, Daniel Goleman, demostró que el coeficiente intelectual, por muy elevado que fuera, no era sinónimo de poseer valores éticos, morales o sociales. Y esto lo hemos visto muchas veces en nuestro entorno. Por ello el reto, al que todos debemos llegar, es ser ‘emocionalmente inteligentes’.
Polo, vuelve a decir: “No hemos venido a la vida para tener un buen trabajo, una buena casa, un buen expediente, un buen carro…sino para ser felices y hacer felices a los que están a lado”.
Inteligencia emocional
Por ello podemos decir que inteligencia emocional es la capacidad de reconocer los sentimientos, tanto propios como ajenos, y el conocimiento para dirigirlos, controlarlos y saber dosificarlos, para poder vivir felices.
El autoconocimiento
Pero hay que ir a lo esencial. No podemos ser emocionalmente inteligentes si no nos conocemos, primero. San Agustín decía: “No te vayas fuera, regresa a ti mismo, porque, en el en hombre interior, habita la verdad”. Esta es la clave: conocerse a sí mismo: autoconocerse. El autoconocimiento es vital para ser felices. Cuando dejamos de ser esclavos de los otros, tenemos medio camino ganado para ser felices.
Decir lo que sentimos
Una muestra de que hemos logrado desarrollar la inteligencia emocional es la coherencia de vida. Una vida transparente, satisfecha, sosegada. En palabras de Séneca: “Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos. Concordar las palabras con la vida”. Además, es una de las claves  para ser felices.


Decálogo de la inteligencia emocional
1.     Tener identidad. Ser uno mismo.
2.     Potenciar la voluntad.
3.     Buscar la integridad.
4.     Aprender de los errores.
5.     Despertar la empatía.
6.     Pensar antes de juzgar.
7.     Rectificar nuestros errores.
8.     Estar abiertos a un continuo aprendizaje.
9.     Cuestionar y discrepar con elegancia.
10. Saber adaptarse a las situaciones. 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

"Se admira a los malos y se hace mofa de los buenos"


Javier es un amigo sencillo y bonachón. Aunque ya ha llegado al invierno blanco de su vida, aún no ha perdido su capacidad de asombro. A pesar de haber recibido generosas palizas de la vida, todavía sabe sonreír. Es un tío genial, como le suelo decir. Javi tiene 70 años y lucha con una enfermedad terrible. –Terrible la llamo yo, porque para él eso no es nada-. Lo que más admiro en él es la tranquilidad con que se toma la vida. No tiene prisas. No hay cosa que no pueda resolver. La vida para él es una cuestión de libertad.

Sin duda, ‘el Javi’ es el hacedor de una filosofía existencial atípica. Sólo él la entiende. Y sólo él ha sido capaz de hacerla realidad en su vida. Uno de estos días, el buen Javi me dice medio triste y sonriente: “Nico, Demócrates tenía razón. Te lo he dicho muchas veces: los griegos eran unos genios. Es más, los griegos eran visionarios; tanto así que ya intuían los problemas de hoy. ¿Qué dices, Javi?, le reclamé. “Sí, Nico, es verdad. Escucha esto y me darás la razón: “Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”. Cuando terminó  de decir esta frase, me quedé en blanco. Y una vez más admiré la agudeza de mi amigo Javier. Sin duda, este viejo es un visionario, agudo y perspicaz. Y, encima, logra hacerme pensar, me dije.

Y es que Javi tiene razón. Basta mirar las pantallas, escuchar las ondas radiofónicas o leer las cabeceras de la prensa de nuestros medios de comunicación para darnos cuenta de que nuestra sociedad está premeditadamente enferma. Los altares de la televisión entronizan la estulticia y la estupidez; las ondas de la radio han fortalecido el rentable mercado de la farándula y del escándalo; la prensa, otrora escaparate del pensamiento brillante y de la calidad intelectual, expira entre pasquines sensacionalistas y firmas de escribidores sin futuro. Javi -y Demócrates- tienen razón: en nuestra sociedad “se admira a los malos y se hace mofa de los buenos”. A estos últimos se les relega al anonimato. Curiosamente, la fama está  reservada para los que no tienen nada que dar. -Ni qué decir-.

Aturdido por esta idea decidí preguntar a algunos niños y jóvenes sobre los ‘espejos’ en los que se miran. Las respuestas que recibí me decepcionaron. De las bocas de mis encuestados salían nombres de programas denominados ‘telebasura’. Y los nombres que deberían salir, no eran conocidos por ellos. ¡Qué pena! Sus arquetipos son seres alienados, saturados de hormonas, pechos inflados de egolatría, mentes vacías de sentido común, conciencias amorales, desadaptados sociales antiéticos; y por si fuera poco, monstruos corruptos y desvergonzados delincuentes compulsivos.

¿Qué pasa con nuestra sociedad? El temor de Demócrito se ha hecho realidad. El mundo al revés. ¿Y los buenos? ¿Qué ha sido de ellos? Los buenos callan y no dicen nada. Porque nadie les hace caso. Sus ideas de lo bueno, lo bello, lo verdadero han sido desplazadas por nimiedades y bagatelas. Ellos han sido reducidos a minorías y exiliados al silencio y al ostracismo.


Exijo el regreso de los buenos. ¡Que se repatrien pronto! ¿Dónde están? ¿Por qué callan? ¿Por qué son minoría? ¿Por qué no escuchamos su voz? ¿Por qué alabamos la estulticia y rechazamos la bondad?

jueves, 11 de agosto de 2016

Lo que decimos acerca de lo que nos sucede

El filósofo griego Epicteto solía decir:No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede”. Epicteto es uno de los personajes claves que tienen que ver con el mundo de los coaches y la salud mental.

A lo largo de este tiempo -desde que estudié coaching en las aulas de la Universidad Complutense de Madrid-, he comprobado que estas palabras del griego Epicteto no tienen pierde; por el contrario, son fuente para la sabiduría práctica y son necesarias para ayudar a los demás a vencer sus propios miedos. 

No obstante, son pocas las personas que saben hacer una correcta lectura de lo les sucede en su vida. La gente no sabe leer lo que le pasa. Su interpretación es muy dañina y nefasta. Esto los condena al fracaso y al victimismo.

En radio Santa Mónica tengo un programa dedicado a la salud mental y espiritual en donde abordamos una serie de temas que nos ayudan a desterrar ‘creencias irracionales’ y a ver la vida con una mirada positiva y creativa, fundamentada en la psicología positiva y en el aporte de los evangelios que recogen muchos consejos de Jesucristo para ser felices y vivir bien; por ejemplo: “No estéis preocupados por el día de mañana, porque mañana ya habrá tiempo de preocuparse. A cada día le basta con sus propios problemas”.

Son muchas las personas que han vencido la distancia de las ondas radiofónicas y han llegado hasta la radio para mostrarme su vida tal cual es y pedirme que les ayude a mirarla con otros ojos. Ellos se declaran incapaces de ver en ella otra cosa fuera del dolor, el odio y el resentimiento.

El trabajo no es fácil, porque todo depende de ellas. En primer lugar, tienen  que reconciliarse consigo mismas, identificar lo que hay dentro de sí y proponerse un cambio. Cuando están seguras de lo que quieren, hay que enseñarles a leer los hechos de su vida para que se plantee un cambio, se fijen metas y objetivos, y por fin, puedan alejarse del dolor, el odio y el resentimiento y lleguen a la alegría, la seguridad y la felicidad. Después de mucho trabajo, lograr hacerlo.

La clave para ello está en “lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede”. Muchas veces, aquello que sucede no es tan malo como parece. Pero tendemos a verlo como una fatalidad. Nos exasperamos y en nuestra desesperación agrandamos y exageramos ‘aquello que nos sucede’. Cuando las cosas se han puesto así, es natural la depresión, el sinsentido, e incluso, el victimismo.


Una de mis clientes, después de haberse dejado acompañar por algunos meses, me dijo: Al final, mi vida no era tan complicada. Y yo la estaba haciendo desgraciada”. Es más, ‘aquello que nos sucede’, casi siempre, es una oportunidad para empezar otra vez, para replantear nuestros objetivos y para reinventarnos a nosotros mismos. Siempre es tiempo para volver a vivir. 

sábado, 7 de mayo de 2016

Hechos para el cambio

El ser humano es cambiante por naturaleza. Mejor aún, el hombre es un animal inconforme. Siempre persigue lo nuevo, lo desconocido, lo que aún no es. Y para cuando lo ha encontrado, ya está ideando otra búsqueda. Algo totalmente distinto de aquello que ha conseguido: algo enteramente nuevo. Y este proceso se mantiene así ‘per saecula saeculorum’. Es decir, el hombre es un aliado natural del cambio constante.

Esto es bueno. De esta forma los seres humanos jamás estaremos estancados o atrincherados en falsas seguridades. Y, menos, anclados en el pasado esclavizador. Por el contrario, viviremos en una búsqueda constante. ¡Siempre en cambio! Bajo este paradigma, podemos decir como la canción: ‘Siempre es tiempo para cambiar’. Es más, necesitamos cambiar. El libro del Apocalipsis, cuando habla de una nueva creación, recoge la expresión del “que está sentado en el trono: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”.

Hasta aquí, sin duda, muchos de nuestros lectores nos darán la razón. Es verdad. No hay que temer al cambio. Hay que entregarnos a la aventura y dejar que nuestra inconformidad ensaye algo nuevo. Sobre ello, el inglés George Herbert solía decir: “¿Por qué se ha de temer a los cambios? Toda la vida es un cambio. ¿Por qué hemos de temerle?”.

En nuestra época el cambio es constante, natural y casi inmediato. A veces, imperceptible. No obstante, muchas veces ya no nos damos cuenta de los cambios que se dan a nuestro alrededor. Ellos suceden a una velocidad increíble. Hagamos el ejercicio de mirar cuánto ha cambiado nuestra vida en los últimos diez años. Si logramos una repuesta clara y contundente, formulémonos otra: ¿Cuánto hemos cambiado en este último año? Si ha habido cambio, ¡Ha  habido vida! ¡Hemos vivido!

Ello nos lleva a decir que cambiamos todos los días: adaptamos ciertos hábitos, corregimos otros y rechazamos otros tantos. Lo que decimos de los hábitos también pasa con las actitudes y con las cosas exteriores. Heráclito decía: “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. Cambiamos todos los días.

A pesar de ser seres cambiantes, hay cosas que no debemos cambiar. Lo esencial, sólo debe repensarse, reinventarse para mantener su actualidad. Es decir, necesitamos repensar lo esencial para darle nueva forma, nuevo estilo. Para ponerle más luz, más color, más vida. Para hacerlo actual: joven, adolescente, otra vez.

No debemos olvidar que en nuestro contexto, en materia de comunicación y en otras cosas, importa mucho lo exterior. Cuenta el cómo lo presentamos a los demás. Un viejo profesor solía decir: “Todo entra por los ojos, la comunicación visual es la que provoca la comunicación interpersonal”. Tiene razón. Más aún, Antonio Briz, en su libro Hablar bien, insiste una y otra vez: “No importa lo que digas, sino cómo lo digas”.

domingo, 17 de enero de 2016

¿Para qué sirve la utopía?

Cuando mis amigos me preguntan por qué el nombre de mi blog: El mundo utópico de Nico, les digo las razones y luego les advierto que la utopía sólo es amiga de los soñadores, de aquellos que no se conforman con lo que hay: los utópicos siempre están en una búsqueda continua. Seguidamente, les digo que la utopía sólo admite valientes; y, además, exige perseverancia.

Y es que la utopía, como dice el francés Víctor Hugo, “es la verdad del mañana”. Ese carácter dinámico que lleva dentro de sí, la convierte en un poderoso motor que tira de nuestros deseos para hacer realidad aquello que queremos. Sin ese movimiento dinámico y fértil nuestra vida sería estática y muerta. Siempre insípida y estancada (Eso sería como estar muerto: vivir sin vivir).

Esta palabra también lleva una interesante carga de posibilidad; es decir, la utopía puede hacer que las cosas sean. ¿Cómo es esto? Las cosas pueden ser si las planteamos en serio y empezamos a trabajar para hacerlas realidad. Ellas pueden ser, si hacemos un trabajo, puro y duro, de autoexigencia. O sea, si nos dedicamos concienzudamente a identificar y potenciar nuestras capacidades y talentos para sacar lo mejor de nosotros y ponerlo en acción. Por ello, la utopía no es una enfermedad de soñadores, sino de visionarios.

Además, la utopía es enemiga de la mediocridad y del conformismo. Porque apostar por la utopía es trabajar por algo irreal para hacerlo realidad; no olvidemos que la verdadera definición de utopía es “el lugar que no existe” (ο, no; τόπος. De allí que ella sólo admite trabajo y talento.

Más aún, si nos remontamos al creador de esta palabra, Tomás Moro, veremos que “utopía” es una palabra que nace del deseo solidario, del sueño generoso. Ella es producto de un espíritu rebelde, inconforme que no se resigna con la realidad tal y como se da, sino que plantea formas y modos de hacerla más agradable; de convertirla en más justa, humana y solidaria. Por ello, la utopía es partidaria de los grandes ideales y de los nobles deseos.

No me queda duda que la utopía ha sido un arma eficaz para ayudar a creer en lo no creíble, a sembrar inquietud e inconformismo en los pesimistas, a dar color a las almas mustias y tóxicas. Ella ha sido como un agudo alfiler que he clavado con decisión en las carnes aletargadas, por los golpes de la vida, de muchos que se creían derrotados, sin fuerzas, sin gracia y sin talentos.

Y es que siempre la utopía ha sabido aliarse con la juventud. Ella siempre ha estado cercana al mundo juvenil. No hay joven que tenga, aunque sea, una pizca de utopía dentro de sí. Y no hay utopía que no tenga a un joven en su haber. Es más, ella tiene ejércitos de jóvenes en sus filas. Ella y la juventud hacen un binomio natural. Un matrimonio casi necesario y justo entre sí.

También la utopía es el motor que da alas a los grandes sueños. Es la fuerza interior que espolea a la inquietud. Podríamos decir que es la herramienta que despierta las potencialidades que están en el interior de los jóvenes. En muchos casos, ella es la que incita a los jóvenes a apurar su madurez y a dar pasos seguros en las arenas movedizas de los retos y reclamos de la sociedad.

¿Cómo sabemos que la utopía está dentro de un joven? Un profesor, muy utópico y sabio, solía decirme: “Nico, cuando un joven cuestiona y se hace preguntas sobre la vida, el mundo o el sentido de la existencia: ¡Alégrate! ¡Haz fiesta! ¡Porque ha surgido un utópico más para triunfar!”.

La juventud es sinónimo de utopía. Es la etapa de las grandes quimeras y del logro de los retadores ideales. Sería muy preocupante  -y antinatural- que en nuestra sociedad, gente fundamentalista y de mente cerrada, propicie la mediocridad y el conformismo en los jóvenes. Si lo logran, tendríamos una sociedad enferma, sin esperanza, sin sueños…, sin futuro. Por eso critico -y advierto- a aquellos domadores de conciencias, que pretenden edulcorar a las juventudes: ¡Que aquello no se puede hacer! Sería como castrar a nuestra sociedad de la fuerza más valiosa, capaz de transformar y crear realidades distintas e interesantes.


Antes de desengañar a los utópicos, mejor deberíamos propiciar alianzas con la utopía. Debemos dejarla que trate con los jóvenes. Porque ella es capaz de hacerles ver, el mundo y la vida con ojos de la fe y de la razón. Lo repito una vez más: ella sólo admite trabajo y talento. Y, cuando llega, el corazón de los jóvenes se lanza a trabajar -En un compromiso, casi religioso-, con la justicia, la paz y la verdad. ¿Para qué sirve la utopía? Para crear gente capaz, amante de la vida, de la libertad y de la verdad sin fundamentalismos.

lunes, 19 de octubre de 2015

El ‘sí’ y el ‘no’ que nos cambia la vida

Nicolás Vigo | Uno de estos días, documentándome para el magazine de nuestra radio, Nuestro día, me topé con la frase de Bernardo Stamateas: “El ‘sí’ y el ‘no’ no son solo palabras, sino límites y permisos que nos damos a nosotros mismos”. En cuento terminé de leer esta frase, me puse a pensar en los ‘sí’ y en los ‘no’, trascendentales, que pronunciamos todos los días. Muchos de ellos tienen repercusiones insospechadas. Y, a veces, no nos damos cuenta que son ellos los que determinan nuestro futuro. Esos adverbios afirmativos que decimos todos los días pueden determinar nuestra vida.
Este autor argentino tiene mucha razón. Antes de emitir un ‘sí’ o un ‘no’ hay que medir las consecuencias. No podemos pronunciarlos irresponsablemente. Un ‘sí’ debe ser el fruto de un delicado proceso de examen interior. Antes de ser pronunciado, hay que someterlo al más riguroso análisis: los pros y los contras, su vialidad, probabilidad y factibilidad para ser realizado. Sólo así nuestro sí será el reflejo de nuestra personalidad y, con su ejecución, diremos la calidad de persona que somos.  Se me viene a la mente la actitud de una de mis amigas. Cuando le peguntábamos si quería ser la coordinadora del grupo para hacer los trabajos en la universidad, solía decir: “Sí, yo. Y porque quiero”. Con ese “Y porque quiero” manifestaba su libertad para asumir el cargo y la responsabilidad que ello suponía.
Un ‘sí’ representa la disposición de la persona, su compromiso y su responsabilidad. Un ‘sí’ tiene que ser necesariamente radical. Debe comprometer e implicar el ser mismo de la persona. Debe implicar la vida misma. Stamateas dice: “ser fiel a uno mismo y a nuestra palabras nos convertirá en personas creíbles y confiables…”
Por ello si decimos ‘sí’, ese ‘sí’ debe ser llevado a cabo cueste lo que cueste. Si asentimos con la boca, inmediatamente, debemos hacerlo con nuestras acciones. Si cumplimos lo que hemos prometido demostraremos nuestra capacidad para ser responsables y fieles a nuestra palabra dada. De no hacerlo, nos convertiremos en esos seres rancios y execrables que engrosan las filas de los mentirosos y mediocres. Un buen ejemplo de un ‘Sí’ -‘Fiat’-, cumplido hasta el extremo, es el que dio aquella adolescente, llamada María al ángel Gabriel, en aquella casita de Nazaret. Ese ‘Sí’ – ‘Hágase’, adolescente y nervioso se convirtió en un ‘sí’ sólido y blindado que la chiquilla nazarena, convertida ya en mujer enérgica y radical, mantuvo hasta el fin.
Del mismo modo, un ‘no’ pronunciado a tiempo nos corta -de un solo esfuerzo- las consecuencias de un ‘sí’ mal pronunciado. El ‘no’, en muchas ocasiones, es el contenedor de desgracias e infortunios impredecibles. Como dice, Carlitos García: “Un no bien dicho. Es un montón de infelicidades destruidas”. El ‘no’ también expresa la claridad mental de la persona. Contrariamente a lo que parece, no cualquiera está capacitado para pronunciar un ‘no’ a tiempo. Es gigantesco el número de las personas que desaprovechan oportunidades de oro para decir un ‘no’, y dan ‘sí’ prematuro, miedoso y cobarde. Igualmente, son muchas las personas desdichas, que se han convertido en tales, por no haber dicho un ‘no’ contundente y solemne cuando tenían que hacerlo.
Del mismo modo, un ‘no’ dicho con análisis y sentido crítico nos evita caer en vicios, delitos o, simplemente, en la corrupción y la delincuencia. No es un secreto que muchos de los delincuentes, avezados o drogadictos compulsivos, se convirtieron en ello por no haber dicho un ‘no’ cuando decidieron cruzar la delgada línea que divide el bien del mal, la verdad de la mentira, lo fácil de lo difícil. Ese ‘no’ les marcó su vida.
Que no nos quede duda: los ‘sí’ y los ‘no’ son decisivos para nuestra vida. Ellos son la radiografía de lo que somos. Sobre ello, Bernardo Stamateas, dice: “El ‘sí’ y el ‘no’ hablarán de ti mismo, de tus intereses y determinaciones….Te acercarán o alejarán de tu éxito. Determinarán tu posición de liderazgo, autoridad y control sobre tu vida…”

Por ello hay que saber qué queremos en la vida. Tenemos que tener claro nuestro objetivo. Así sabremos a qué cosa decirle ‘sí’, a qué cosa decirle ‘no’. Se trata de tener convicciones sólidas y duraderas. Jamás dejarse llevar por las emociones o sentimientos, porque estos son temporales y cambiantes.  Y si nos dejamos llevar por ellos, nos podemos arruinar la vida.

No lo olvidemos nunca. El ‘sí’ y el ‘no’ que emitimos nos pueden cambiar la vida. Antes de pronunciarlos, mejor analizarlos, sopesarlos y preguntarnos si realmente son el reflejo de nuestra personalidad. Porque ellos delatan la riqueza o la pobreza interior que tenemos dentro. Y si corresponden con lo que somos, pronunciémoslo con convicción y certeza, de forma que nos marquen la vida con contundencia y vitalidad.