miércoles, 14 de agosto de 2019

Disfrutar de la luz


La luz tiene que ver mucho con nuestro estilo de vida. Ella incide directamente con nuestro estado de ánimo. Así es. Por si no lo sabían, la presencia o la ausencia de la luz forma nuestro carácter y determina nuestra salud, no solo física, sino también mental y espiritual.
Esto lo podemos ver de manera natural en nuestra sociedad. Las personas que tienen contacto con la luz natural son personas alegres, sencillas, bonachonas, con buen carácter, siempre divertidas y opuestas en su personalidad, con otras que viven en la sombra, metidos en sus apartamentos reducidos y oscuros.

Sobre ello, Elsa Punset dice: “En las últimas décadas han cambiado las costumbre milenarias, y quienes vivimos en ciudades pasamos hasta el 90 por ciento de nuestras vidas en interiores, generalmente iluminados y ventilados de forma artificial”. Se dan cuenta de lo nefasto que es pasar el 90 por ciento de nuestra vida natural en un ambiente prefabricado.

Lamentablemente, las personas de la ciudad, han perdido la conexión vital con la naturaleza. La desconocen. Y ello se nota en su forma de ser. Sin duda, esto tiene que ver con el estilo de vida. Queramos o no, los niños citadinos se ven obligados a vivir una vida adulterada, en donde la gran panacea de todo es el supermercado. Todo está en él. Hace unos meses, una amiga me decía desconcertada que sus hijos no saben cómo es la lluvia ni cómo son los bosques y los animales. Asimismo, se lamentaba de que desconocieran el origen de las frutas y los vegetales.

Es verdad, el hombre moderno no solo tiene que pagar esa factura, sino que esa desconexión con la naturaleza le hace perder un poco de sentido vital. ¿Qué hacer ante esto? Una de las estrategias es llenar de luz nuestra casa. Ella debe tener ventanas grandes para que la luz ilumine nuestro hogar. Asimismo, nuestras habitaciones deben ser de colores claros o pasteles, de modo que la luz nos relaje, nos ilumine y haga que nos sintamos bien en casa.

Otra de las cosas que podemos hacer, si no tenemos mucha luz, es convertirnos en inquilinos de los parques para tomar baños de sol y para respirar por las mañanas. De hecho, debemos ir a ellos frecuentemente. Y no solo eso, necesitamos acompañar esa visita con ejercicio. Esta es una combinación genial: naturaleza más ejercicio. Un binomio ideal para vivir bien.

Además, debo decirles, que las estadísticas nos dicen que las personas que saben disfrutar de la luz del sol, son personas que gozan de buen humor, no padecen estrés y generan más serotonina (la hormona de la felicidad); igualmente, son más empáticas y proactivas.
Ya lo saben, menos habitación y más sol. Y si por el diseño de la casa, tenemos mucha oscuridad, hay que ser generosos en la iluminación. No debemos olvidar que la luz nos hace bien y nos ayuda a disfrutar de las cosas cotidianas.

Y en cuanto puedan, sean desprendidos con ustedes mismos, disfruten de la luz solar en el campo, el jardín o la playa. No se encierren. Abran las ventanas de su casa y dejen que la luz llegue como un rayo bendito para iluminar los rincones oscuros de nuestra casa y de nuestra personalidad.


El mayo serrano deja al verde ser protagonista. Sin duda él aprovecha la circunstancia y se muestra tal cual es. Juguetea a sus anchas. Lo que más me encanta de esta metamorfosis colorida es que invierte todas sus energías en degradarse en diferentes tonalidades. Sin pensarlo dos veces, se derrama festivo y camaleónico sobre los campos, bosques y praderas. Y, además, sabe armonizarse muy bien con los otros colores y hacer alianzas estratégicas con las flores. Desde el verde lima hasta el verde petróleo, pasando por el verde jade, esmeralda, hoja y oliva. En fin, ¡El verde!

No obstante, cuando voy al bosque, descubro que nada es lo que parece. Que  tan solo se trata de una apología de mis sentidos; en realidad, ellos me engañan. Me explico, las composiciones preciosas que me deslumbran, y que archivo presuroso en mi memoria, son mentirosas. Son, pero no son. Sin embargo, yo me dejo engañar premeditadamente y disfruto de aquellas composiciones preciosas que el bosque pone ante mis ojos.

¿Por qué digo esto? Porque uno de esos días, me topé con una turba de jóvenes desbocados que huían por el bosque. Detuve a unos cuantos y les reclamé: ¡No pasen así por el bosque! ¡Disfruten de su verdor! Y ellos, asombrados, como abofeteados en su inteligencia, me respondieron: ¿Verdor? ¿Qué verdor?

Semejante respuesta me trajo a la mente al filósofo Parménides, el de Elea, en ese fragmento, cuando la diosa le recomienda: “es preciso que aprendas todo, tanto el imperturbable corazón de la verdad bien redonda, como las opiniones de los mortales, en las que no hay verdadera creencia”.

Es verdad. Hay que aprender todo: la verdad y también la opinión (Doxa (δόξα). Hay que saber de uno y también del otro. Jugándonos, claro está, el deleite inexorable de saborear lo profundo, de hartarnos con la riqueza de la abstracción y de sumergirnos en las profundidades del ser de las cosas.

Con pena, a veces, hay que ceder y dar la razón a la opinión. Aunque nos perdamos aquellos tesoros que se guardan en barricas de cedro y en cofres de marfil: la sabiduría.
La sociedad actual se harta en la opinión, se regodea en la apariencia, se decanta en lo engañoso y fugaz. Y poco sabe de la verdad. Los de la generación digital viven aletargados en una estupidez gozosa y duradera. Están enquistados en la apariencia de las cosas. Y en ella son felices.

A pesar de ello, no hay que tirar la toalla. No hay que claudicar; por el contrario, ideemos el método, la forma y la estrategia feliz para que la generación Smartphone aprecie y reciba una formación de calidad y se beneficie de la sabiduría, del conocimiento que extrae esa pequeña especie en extinción: los filósofos. Esos que conocen el verdadero ser de las cosas.

Mientras, yo seguiré creando seres verdes y ensayando caprichosas tonalidades sobre el bosque, que a veces, se muestra mágico y retoza alborozado, escondiendo entre sus ramas a filósofos, misántropos, sabios y poetas –Claro–, vestidos de verde.

viernes, 10 de mayo de 2019

Haz como el gato: ¡Él sí que sabe!


Una de esas tardes otoñales, en Madrid, decidí pasar las horas en una conocida librería madrileña. Hice un recorrido por distintas estanterías. Estaba degustando, paseando mis ojos por los lomos de los libros, que llevaban impreso su título con variadas tipografías y colores; sin duda, un mosaico de diseños y matices, que te abstraen y hacen que nunca termines la inspección bibliográfica.

Sin embargo, reparé en un pequeño libro blanco que tenía la ilustración de un gato en tres posiciones: durmiendo, sorprendido y escuchando música. Abrí el libro y me topé con la siguiente frase: “No aguantes a más cretinos. Elige con quién te relacionas. ¡Elige a tus amigos!

Yo, que soy proclive a la inteligencia emocional y discípulo perdido de la sicología cognitiva,
me puse a leer un poco y respaldé plenamente al autor de este libro. Es que tiene razón. La gente se pasa la vida entera peleando con dragones, cazando fantasmas, soportando a sinvergüenzas y condicionando su felicidad a personas groseras, desagradables, violentas o tolerando a rufianes.

La mayoría de las personas, analfabetas emocionales, suelen pasarse la vida aplastadas, humilladas, enajenadas o sometidas a niveles de presión y acoso tal, que su vida se convierte en un infierno. ¿Para qué vivir así?

Si miramos a los gatos, ellos son quienes eligen a sus amistades. Ellos deciden si se acercan o pasan de un gato o si le dan su amistad. También los gatos saben a qué humano elegir como su amigo. Le estudian, miran su personalidad, su paciencia, su fidelidad. Ellos no se complican la vida. Y si ven que el halago viene de una persona que no les gusta, se muestran indiferentes, pasan de largo y se van.

A lo mejor, a los humanos nos falta elegir bien: liberarnos de nuestros verdugos. De aquellos justicieros sicológicos que nos tienen sometidos. O, lo que es peor, de aquellos saboteadores que coleccionamos en nuestra mente: prejuicios, preconceptos, mitos y tópicos. Todos ellos nos arruinan la felicidad.

Siempre es tiempo para autoevaluarnos, para hacer pesquisas profundas y periódicas con el fin de evaluar nuestras creencias y valores, nuestras seguridades y destrezas; pero también hay que mirar nuestras heridas y cicatrices. Y si notamos que ellas son causadas por personas tóxicas que hemos incorporado a nuestro entorno, es el momento de darles carta de despido. Abrir la puerta: dejarlos ir, porque no nos aportan nada; y, todo lo contrario, nos roban todo.

Nuestro desafío es rodearnos de gente buena: proactiva, positiva, empática, soñadora, carismática. Gente que te haga amar y que no altere tu paz interior.  Con los cretinos, violentos, tóxicos y negativos, hay que hacer como el gato: ¡Hay que dejarlos ir! Haz como el gato: ¡Él sí que sabe!

El hoy de los jóvenes


La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) dejó una serie de imágenes relacionadas con el Papa. Francisco no sólo hizo gestos de cercanía y sencillez, a los que ya nos tiene acostumbrados: romper el protocolo, abrazar, besar, recibir regalos, poner en aprietos a su seguridad, etc.; sino también dejó frases redondas que necesitan ser aplicadas y superar el “¡Qué bonito!”.
Durante la misa de envío, el día en el que cerraba la JMJ, el Papa hizo un llamado a los jóvenes a salir de su letargo y animarse a ser protagonistas en la sociedad. No tienen que esperar, “como si ser joven, dijo el Papa, fuera sinónimo de sala de espera de quien aguarda el turno de su hora”.
El Papa sabe muy bien, que los jóvenes no son tenidos en cuenta y, que muchas veces, los adultos no los dejan ocupar puestos de liderazgo o de importancia en la sociedad, porque les temen. Es mejor tenerlos sentados, entretenidos, en la sala de espera. Allí se les ha puesto todo lo necesario para entretenerlos y callarlos.
Interpreto que el temor de los adultos va en dos sentidos: el primero, temen perder el
poder. No pueden aceptar que un joven ocupe un puesto importante y, lo más terrible, que lo haga bien. Eso lo constatamos todos los días en las empresas e instituciones.
En segundo lugar, es cuestión de talento y capacidad. Los adultos no quieren que se ponga en evidencia su mediocridad y su falta de preparación; es decir, los jóvenes de la posmodernidad están mejor preparados que las generaciones anteriores, porque han nacido con la tecnología, la globalización y tienen a la sociedad del conocimiento a su alcance: universidades, libros, profesionales e internet. Como dice un querido amigo: “En este tiempo, el que se queda ignorante, es porque quiere. Antes toparse con un doctor era imposible. Ahora los tienes a la vuelta de la esquina”.
No obstante, los jóvenes ya han conquistado algunas victorias. Por ejemplo, romper el viejo mito de que “los jóvenes son el futuro”. Nada más alejado de la verdad. El joven es el presente.
Por eso, cuando estuve mezclado con ese mar de jóvenes de la JMJ en Panamá, hice fiesta al escuchar las palabras del Papa Francisco, que aguijoneaban a los jóvenes y ponía en su sitio a los adultos: “Ustedes son el ahora de Dios y Señor, no son un mientras tanto”. Levanté las manos y grité, porque sentí que por fin se hacía justicia a la propia vida.
Es decir, si la juventud es el “divino tesoro que se va para no volver”, ¿por qué dejar que el ímpetu, la pasión, la creatividad y la fuerza disminuyan, para dejar recién a que los jóvenes, que ya serían viejos, puedan por fin poner sus capacidades y habilidades al servicio de la sociedad?
Si hacemos una lectura justa, aquellos ya no son jóvenes. Han cruzado la frontera existencial: se han hecho viejos. Y la frase del Papa no sólo tiene que ver con el liderazgo en la sociedad, sino también con la vivencia de la fe.
Dejemos que los jóvenes sean jóvenes: que “hagan bulla”, que “armen lío”, que pongan en
práctica sus sueños, que se caigan y se levanten, que hagan su propia experiencia.
Tal vez en ese hacer de los jóvenes, esté el secreto para la transformación de la sociedad envejecida, del salto de los intereses creados hacia la utopía de la fraternidad universal y el bien común.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Respirar para sosegar


Decía Aristóteles: “El aire es tu alimento y tu medicamento”. Ciertamente el estagirita tenía razón. Su genio no sólo se dio cuenta de que sin el aire no podemos vivir, sino que además estuvo convencido del poder curativo del aire.
Es que el aire es vital para estar bien. Vive mal quien no sabe respirar. Respira mal el que vive mal. La buena salud física y emocional la debemos, en muchos casos, a la respiración. Sobre ello E. Browing decía: “Más vive la vida quien más aire respira”.
La importancia de respirar bien
Cada vez más se hace necesario que el hombre de la posmodernidad sepa respirar bien, porque el ritmo de vida frenético que lleva le provoca frecuentemente ansiedad e incertidumbre. Muchas veces esto desemboca en estrés y depresión. Por ello saber oxigenarse para relajarse, cada vez se hace más necesario. Ya no es un lujo, sino una necesidad vital. Por ello el ritmo de nuestra respiración es muy importante.
También es importante el modo cómo respirar. Para respirar debemos hacerlo por la nariz, no por la boca. Porque “si respiramos por la boca dejamos que los virus y las bacterias ingresen con facilidad a nuestro cuerpo, y además, el aire que ingresa por nuestra boca, no se regula y esto nos puede enfriar”.
Igualmente, es necesario practicar la respiración diafragmática; es decir, llevar aire hasta la parte inferior de los pulmones y guardarlo. Esto no sólo nos ayuda a respirar bien, sino a hablar bien. María Eugenia Polo recomienda: “Esta respiración hay que hacerla porque prepara a los pulmones para recibir aire nuevo. Inspiramos lentamente, retenemos unos segundos y expiramos. Si repetimos este ciclo varias veces, veremos cómo nos sentimos mucho mejor. Es una forma de vaciar la mente”.
La respiración y la salud mental
Decíamos líneas más arriba que el que respira bien, vive bien. La salud mental es lo que más debemos cuidar. Si nuestra mente está bien, nuestro cuerpo también. Y si tenemos controladas nuestras emociones, viviremos felices.
Cuando las personas se enferman por acumulación de problemas o sobrecarga de trabajo, recurren a muchas técnicas de autocontrol emocional: la relajación, la meditación, entrenamiento, detención del pensamiento, la nutrición, el ejercicio. Todo ello está bien, pero antes de probar alguna de ellas, más bien recomendaría apostar a ojo cerrado por una buena técnica de respiración. Polo volverá a decir: “La respiración es la fuente más importante de energía”.
La respiración nos tranquiliza. Nos da paz y nos ofrece sosiego. Necesitamos respirar para sosegarnos. Sobre el sosiego, Ramiro Calle lo define “como el camino que te lleva a la lucidez. El ejemplo más claro es el agua en el estanque: cuando el estanque está en calma, sosegado, el fondo puede verse con gran nitidez y claridad, se ven todos los matices y contornos, hay una visión clara que permite verla tal cual es”.
Si estamos sosegados, estaremos bien. Tranquilos, reconciliados, seguros para asumir retos y desafíos, para enfrentar con éxito los problemas de cada día. Así sabremos redirigir las emociones y los desafíos de cada día. Viviremos bien.

El Perú y la corrupción


“El Perú es un caso clásico de un país profundamente afectado por una corrupción administrativa, política, sistemática, tanto en su pasado lejano como en el más reciente”. (Quiroz, 2013: 39). Las palabras de Jorge Quiroz, sin duda representan un diagnóstico certero la corrupción en el Perú.

La corrupción ha penetrado en todos los estratos sociales desde los inicios de su vida como nación. Y más en este tiempo. Sin embargo, la corrupción en muchos casos, ha sido promovida por los presidentes peruanos. Quienes han logrado, en muchos periodos, institucionalizarla para usarla con fines económicos y políticos.

La corrupción política es un fenómeno que está profundamente arraigada en la cultura peruana. Ella fue favorecida en la época del Virreinato y se afianzó durante el nacimiento de la República peruana, con San Martín, Bolívar y los presidentes que ha tenido el Perú a lo largo de su historia. La vida de la joven República ha transcurrido con la corrupción y la ambición personal militarista, como telón de fondo.

La democracia actual de Perú, sigue arrastrando las cadenas corruptas del siglo anterior. Los métodos, las formas y las prácticas corruptas de antaño, con el paso del tiempo, se han perfeccionado. Ellas han sobrevivido y se han adaptado perfectamente a la posmodernidad. A finales del S. XX, e inicios del S. XXI, la corrupción en el Perú se ha mostrado virulenta y ha puesto en práctica novedosos métodos y estrategias para mantenerse vigente.

La corrupción de en el latín corruptio, que quiere decir “acción y efecto de destruir o alterar globalmente por putrefacción, también acción de dañar, sobornar o pervertir a alguien”. Ha tomado los tres poderes del Estado Peruano: Ejecutivo, legislativo y judicial y muchas instituciones sociales del país.

Los presidentes corruptos han montado sistemas creativos y organizados para saquear los presupuestos del Estado destinados a promover el desarrollo económico y social del Perú. Desde 1990, hasta el 2018, el Perú ha tenido 7 presidentes. De los 7, actualmente, 5 enfrentan procesos de investigación por corrupción.

Pese a todo, hasta hace poco, existía poca información sobre este tema. En muchos casos, porque la prensa de la época estaba amordazada, comprada, o simplemente, porque la información sobre los casos de corrupción era escaza. Sin embargo, a fines del S. XX e inicios del S. XXI, el desarrollo de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICS), la aparición de internet y la globalización han hecho que el conocimiento público del escándalo por corrupción y los juicios que la sociedad formula a su respecto están mediatizados (Martínez Gallego, 2013, p. 104).

Dentro de ese crecimiento de las TICS, la expansión de los medios de comunicación en el Perú provinciano y los beneficios de la globalización en la posmodernidad, el periodismo digital juega un rol protagónico en la democratización de la información. Gracias a él, las personas del mundo entero, están informadas, en tiempo real, minuto a minuto, de lo que sucede con los casos de corrupción en el Perú. Estos nunca más podrán ser silenciados ni disimulados.

Kuntur Phaway: El vuelo del cóndor

El cóndor en la mentalidad andina es un ave mítica, símbolo de la inteligencia, la fuerza y el poder. No en vano tiene como señorío los Andes de Sudamérica. Los incas pensaban que el cóndor era inmortal. La asombrosa inteligencia de esta ave les indicaba que se había hecho vieja y que era el momento de volver a empezar, de renacer desde las montañas, para empezar la vida otra vez.

El cóndor es el señor indiscutible de los cielos andinos. Su majestuosidad al volar, suave, reposado y, a veces, enérgico y veloz, cautiva y nos transporta hasta la eternidad. “El cóndor es un ave que transmite tranquilidad y belleza. Un dominio excepcional de los cielos. Eso es lo queremos transmitir en nuestro baile”, nos dice Christian Anthony, un adolescente entrador y espabilado, director de la Escuela de danzas que encumbra al cóndor como marca de su escuela. Ella se llama Kuntur Phaway, que, en el lenguaje de los antiguos peruanos, significa, “el vuelo del cóndor”.

El vuelo del cóndor es “arte, magia, energía, pasión y calma, a su vez”, nos responde Julio César, el coordinador de la Escuela. Además, nos dice: “no se trata de cualquier escuela. Esta es una escuela que lleva la marca agustiniana”, lo repite muy orgulloso.
Es verdad, esta escuela ha surgido del entusiasmo y del ímpetu de los jóvenes de JAR de Chota. Este movimiento es líder en Chota. La escuela de baile recoge el talento de los jóvenes chotanos, que siempre están dispuestos a ir más allá. Es así como se les ocurrió crear una escuela de danzas que reúna todos los ritmos.

“Yo admiro a estos jareños de Chota. Nunca están quietos, jamás se conforman con poco. Son exigentes. Y eso me gusta. Cuando surgió la idea de crear una escuela de danzas, que vaya más allá de las JAR, me encantó. Porque la escuela de danzas no solo es para JAR, sino para todos los jóvenes de la ciudad. Vienen a ella de la universidad, de los colegios y de otros grupos, niños, adolescentes y jóvenes. Es una ventana para formar líderes y para potenciar el talento de los chicos, lejos de los vicios y la mediocridad”, dice el asesor de JAR de Chota, fray Nicolás Vigo.

Los chicos se reúnen todos los sábados y domingos, al terminar la tarde, en el coliseo de los Agustinos Recoletos. Allí han encontrado un lugar privilegiado. En ese espacio, los jóvenes ensayan con mucha exigencia, ritmos que van desde las tobas, los caporales, hasta las danzas modernas.

Una de esas tardes me asomé por el coliseo y vi a una treintena de chicos ensimismados en la música. Era un mosaico de fuerza, ritmo y color. “¡Con más ganas! ¡Con más ritmo! ¡Vamos, chicos! ¡Una vez más!”, repetía convencido Cristhian, su exigente director y profesor de baile.

Kuntur Phaway apenas tiene meses de formada; no obstante, ya suena en la ciudad. Ya ha hecho presentaciones importantes. Uno de los temas que me intriga es saber cómo se financian, porque las vestimentas para las danzas que presentan son caras. Sobre ello, Celis, otro de los integrantes, dice muy seguro: “Nos autofinanciamos, con el esfuerzo de todos los de la escuela. Para ello hacemos actividades para conseguir dinero. Vendemos comida o lo que haga falta. Gracias a ello, podemos obtener las vestimentas para nuestras presentaciones”.  Hay que decir, que cada danza necesita un traje. Y teniendo en cuenta el número de bailarines, significa mucho dinero; sin embargo, eso a los chicos no parece que les preocupa.

Una de esas noches, me topé con la presentación oficial de los chicos Kuntur Phaway. Me quedé maravillado. Los jareños ponen energía y pasión en su baile. Giran como si estuvieran dentro de una espiral aérea. Sus cuerpos dibujan siluetas de colores en el escenario. Van rápidos y lentos. Suben, se remontan en el aire y bajan, solemne y pausadamente, como si se tratara de un cóndor majestuoso, real. 

Auguro mucho futuro a esta escuela de danzas chotana, no sólo por el talento de los chicos, sino por su espíritu de unidad. Más que una escuela, parecen un grupo de amigos: cercanos, sinceros, comprometidos y acogedores. Sin duda, en su escuela se respira el espíritu agustiniano. Y, además, me lo recuerda Aracely, otra bailarina, con los ojos abiertos y llenos de satisfacción: “Tenemos a Nuestra Señora, Madre de la Consolación, como protectora”. Frente a ello, sonrío. Y me digo para mí: “Qué chicos tan maravillosos. Realmente esta escuela tiene alma”. 

El apego que esclaviza


Cada vez que me topo con personas felices, me doy cuenta de que lo común que ellas tienen es que son libres. Es la libertad de la que gozan la que les proporciona la felicidad. No hay otro secreto. En realidad, ella es el valor más preciado al que debe aspirar todo ser humano.
Sobre ello san Pablo, en la Carta a los gálatas, les exhorta con una autoridad casi paterna: "Cristo nos liberó para ser libres. Manténganse, pues, firmes y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud." Y sobre este mismo tema, Oscar Wilde dice: “Sólo hay dos tragedias en la vida: una cosiste en no conseguir lo que uno quiere y, la otra, en precisamente conseguirlo”.
Lo que pasa es que el ser humano se empeña en hacerse esclavo. Muy fácilmente da en prenda su libertad. La vende por nada. Renuncia a ella alegremente por algún apego miserable e insignificante. Si hacemos el balance, nos daremos cuenta de que la libertad no tiene precio. No se debe perder así por así. Sin ella, el hombre se hace cautivo, dependiente de cosas y mendigo de sentimientos.
¿Qué es el apego?
San Francisco de Asís decía: “Necesito muy pocas cosas y las pocas cosas que necesito, las necesito muy poco”. Ahí está la clave. En tener el corazón limpio, libre de cosas y personas. Liberado de filias y fobias. Nada debe robarnos la paz interior. Nada debe turbar nuestro corazón. Borja Vilaseca dice sobre el apego: “Es un gran devorador de nuestra paz interior… es uno de los virus más letales que atentan contra la salud emocional de nuestra especie”.
La gente se empeña en tener cosas. Y adueñarse de personas. Nunca está satisfecha. Rafael Santandreu suele decir que “lo único que necesita el ser humano es agua y comida”. No necesita más para ser feliz; no obstante, las personas cuánto más tienen necesitan más. Se aferran a cosas y sin ellas no se sienten realizadas. Y lo peor es que, en ello, se les va la vida y la salud.
Otros se aferran a los seres humanos, los quieren poseer, dirigir y gobernar. Llegan al extremo de decir que no podrían vivir sin tal o cual persona. Esto es una gran necedad. En realidad, nadie nos pertenece. No podemos controlar a los demás. No podemos violentar su yo ni secuestrar sus sentimientos. Sólo somos dueños de nosotros mismos. Y de nadie más. Y no necesitamos de nada exterior para encontrar la felicidad. Ella, en realidad, es interior.
Es urgente liberarnos del deseo de tener, de poseer; de controlar y someter a los demás. Cuando nos liberemos, seremos más libres; más felices. Libres para ser nosotros mismos; para trazar nuestro camino a la felicidad; para encontrar la verdadera libertad que hunde sus raíces en el interior de cada persona.

viernes, 16 de marzo de 2018

La tiranía de la corrupción


Hace unas semanas conversé con mi amigo Marcos; él es dueño de una personalidad en extinción. Es demasiado joven para etiquetarlo como filósofo. Y muy listo para llamarle inteligente. En realidad, es poco amante de los títulos. A él no se le puede encasillar. Es un espíritu libre. Mejor es llamarle Marcos a secas. Así se siente mejor. Lo cierto es que en esa conversación  me hizo notar que la corrupción había consumado su tiranía y había conquistado sus últimos bastiones de la sociedad para consolidar su dominio. “La corrupción se ha entronizado como la dueña del mundo”, sentenciaba con su gracejo natural.

Yo suscribí su colección de frases recordándole que la corrupción hace ya muchos siglos que mantiene su hegemonía. Ella siempre ha estado allí. Ha colocado en el poder a reyes, príncipes, nobles y sirvientes. Y, en la actualidad, pone presidentes, ministros, congresistas y alcaldes. En realidad, ella es una tirana que seduce y enloquece a los que quiere.

Es el cáncer de la sociedad. -Así la llamó el Papa Francisco-. No olvidemos que corruptio
significaba para los romanos “destruir por putrefacción”. A pesar de ello es la mejor aliada de hombres ambiciosos que buscan lo fácil y renuncian a aquello que llamamos dignidad. El francés George Bernanos decía, que “El primer signo de la corrupción en una sociedad que todavía está viva es que el fin justifica los medios”. Y parece que este pensamiento de Maquiavelo es el que impera en estos tiempos.

¡Esto ha sido así! No obstante, lo que no puede ser -y no siempre ha sido así- es el silencio de los ciudadanos. La pasividad de aquellos que viven en la sociedad: Hombres y mujeres que no se enteran de lo que pasa. ¡Les roban y sonríen! ¡Les asaltan sistemáticamente y no dicen nada! ¡Les quitan su pan y se regocijan con las migajas! Los ciudadanos se han vuelto como los ídolos: “Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen oídos, y no oyen; tampoco hay aliento en su boca”.

Decía el recordado Kurt Cobain, el fallecido cantante de la banda Nirvana, “El deber de la juventud es pelear contra la corrupción”. A estas alturas, las palabras de Cobain suenan a pasado. Los jóvenes de hoy han sido adormecidos por las redes virulentas y la amnesia intelectual. Su espíritu de lucha ha sido cambiado por realidades aumentadas, irreales. Su espíritu rebelde ha sido sometido por las series, los videojuegos y la ley de menor esfuerzo. Por desgracia, el pasotismo ha doblegado el espíritu rebelde de nuestra juventud.

¿Y los viejos? Ellos caminan como pueden. Arrastran sus taras. Acarician sus heridas. Pelean con sus enfermedades y se entretienen restregándose su mala suerte en su cara.

¿Será la corrupción invencible? ¡Claro que no! Ella no puede alienar al ser humano. ¡Hay
que liberar a los hombres de su tiranía! Es el momento de suscribir las palabras del Papa Francisco. Él ha invitado a la sociedad a promover una “avalancha” mundial “para luchar contra el cáncer de la corrupción”. Nos ha impelido a denunciar, a gritar, a hacer bulla: “Debemos hablar de corrupción, denunciar los males; mostrar la voluntad de hacer valer la misericordia sobre la mezquindad; la curiosidad y la creatividad sobre el cansancio resignado; la belleza sobre la nada”. Y sumo a esto, la frase del buen Marcos: “La tirana de la corrupción se vence con un poco de amor propio y con mucha creatividad”.