miércoles, 4 de octubre de 2017

La generación Smartphone

Hace unos días leí una interesante entrevista que recogía el trabajo de Jean Twenge, profesora de Psicología de la Universidad de San Diego State University, sobre lo que ella denomina la ‘Generación Smartphone’.

El título del libro no podría ser más claro: “¡Gen: por qué los chicos superconectados están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y completamente no preparados para la adultez!”. Ciertamente las conclusiones a las que llega Jean Twenge, observando a 11 millones de jóvenes, son interesantes. Hay que estudiarlas una por una. No obstante, yo me quiero fijar en dos rasgos que señala en su estudio.

La norteamericana manifiesta: “Existen riesgos para la salud mental, hay potenciales efectos en el desarrollo de sus habilidades sociales dado que pasan menos tiempo con otros en persona y -algo que está comprobado por varios estudios- es que no están desarrollando las habilidades de lectura y la escritura que necesitan".

Si los de la ‘Generación Smartphone’, que comprende a aquellos nacidos después de 1995, son incapaces de desarrollar habilidades sociales, esto sería un grave problema para la sociedad ‘después de la postmodernidad’. ¿Por qué? Porque ellas son las capacidades innatas de relación que tiene el ser humano. Son las que hacen la vida de las personas más sencilla, gozosa y reconciliada. Es más, las habilidades sociales son los que crean el espacio ideal para la felicidad; es decir, un clima perfecto para las buenas relaciones y el entendimiento en las polis (πλις). Ellas no son otra cosa que la exteriorización del autoconocimiento interior, del autodominio de sí mismo que disfrutan los ciudadanos.

Por tanto, si el ser humano no desarrolla estas habilidades, tendríamos una sociedad enferma, en la que sus habitantes serían seres ensimismados, emocionalmente estériles, incapaces de interactuar con el vecino. Nuestra sociedad se convertiría en una futurista horda de cavernícolas solitarios y sedentarios: ignorantes, pero, eso sí, tecnófilos.

Del mismo modo, si nuestros niños y jóvenes no saben leer ni escribir, estaríamos asistiendo a la muerte de la cultura. El enterramiento de la tradición oral y escrita. Tendríamos que hablar, aceptando la tesis de dos lingüistas y semiólogos: Juan Biondi y Eduardo Zapata, sobre la era de ‘electronalidad’; es decir, de un nuevo estilo de ser de los jóvenes. Esto suena muy romántico y futurista; sin embargo, mirándolo bien, estaríamos asistiendo al triunfo de la simpleza e ignorancia, de lo trivial e irrelevante.

Si bien es cierto que el profeta de la postmodernidad, Zygmunt Baumann, hablaba de la sociedad líquida, sin moldes ni estructuras, carente de referentes y de absolutos: una selva sin límites, a mi modo de ver, ésta sería raquítica y superficial.

Lo peor no es que nuestros ciudadanos del futuro próximo sean cortos, ignorantes y simplones, sino que no gocen de una buena salud mental. Esto es muy serio. Estaríamos multiplicando por mil el número de analfabetos emocionales. Y potenciando el surgimiento de problemas afectivos… Y esto, ¡sí que es peligroso! Me pregunto: ¿Qué hacer ante este peligroso futuro de mediocridad intelectual y emocional? 

No lo sé. El problema es complejo. El diagnóstico podría ser reestudiado, e incluso, discutido. No obstante, creo que debemos afianzar la pasión por el conocimiento y la búsqueda de sabiduría en nuestros ‘chicos Smartphone’. Debemos sembrar hábitos de lectura. Lograr que se enamoren de lo que es esencial. Que se entreguen perdidamente a lo que vale la pena. Asimismo, hay que enseñarles a experimentar el arrebato mágico de la escritura y la fogosidad ardiente de la argumentación.


¡Necesitamos liberar a nuestros jóvenes! Ellos deben huir de las falacias y de los mitos. Hay que entregarnos a la tarea, de tal modo, que la curiosidad intelectual, el amor por la sabiduría y la pasión por el ser humano, rompan los pronósticos apocalípticos que se arrojan sobre ellos.  Y citando a Emilio Lledó, podemos resumir nuestra lucha en una frase: “Hay que hacer mentes libres”.

La importancia de decir gracias

Para aceptarse como uno es, hay que saber ser agradecido”. Esta frase, de un psicólogo desconocido, pone en evidencia lo necesaria que es la gratitud en la vida de las personas. Necesitamos ser agradecidos hasta con nosotros mismos. El poder de la gratitud no tiene límites.
Sin duda, la palabra ‘gracias’ es la llave que nos abre todas las puertas; es la varita mágica que hace que lo imposible sea posible. Ella, acompañada de una sonrisa, es capaz de rasgar el corazón más duro y hacer que las cosas imposibles sean realizables. La gratitud debe envolver toda nuestra vida. Ella siempre debe envolver nuestras relaciones sociales.
Debemos agradecer, incluso, cuando las cosas no van bien o cuando la vida nos ha pegado una paliza. Cuando aquello que nos ha sucedido no ha sido, precisamente, como para dar gracias. Es lo que propone Richard Bach, autor de Juan Salvador Gaviota, en su libro Gracias a los padres malos. Lecciones de una infancia difícil: “Gracias por derribarme, porque me has dado razones para volar; gracias por despreciar mi talento, porque he podido desarrollarlo siempre tal y como deseaba; gracias por tratarme como si fuera basura, porque he logrado comprender que soy un diamante; gracias por no estar allí para mí… Ahora estoy aquí para mí mismo; gracias por decirme que nunca llegaré a nada, porque ahora soy libre de convertirme en lo que quiera; gracias por hacerme sentir culpable, porque nunca más cambiaré de rumbo para complacer a otro”.
Además, la gratitud nos permite darnos cuenta cuánto poseemos y cuánto nos falta. ¿Cómo así? Ella es el medidor que nos dice cómo está nuestro interior. Si somos capaces de agradecer es que hemos desarrollado la capacidad de la gratitud. Hemos sido capaces de mirar más allá de nosotros mismos. Hemos sido capaces de hacernos agradecidos. Ya podemos sentirnos felices porque podemos decir a otro: ¡Gracias por lo que has hecho! ¡Gracias por lo que me has dado! ¡Gracias porque eres importante para mí! ¡Gracias por dejarte querer!
Siempre es tiempo para agradecer. La palabra ‘gracias’ no tiene tiempo ni lugar. Siempre cae bien. Siempre suena genial. También es un buen ejercicio mental agradecer por todo. Saber que todo lo que nos sucede en la vida puede convertirse en una nueva oportunidad. Podemos beneficiarnos de ello. María Eugenia Polo, catedrática de la Universidad Pontificia de Salamanca, dice: “¡Podemos dar gracias por tantas cosas! Y no cabe duda que el comienzo y el final del día son cruciales para dar sentido a nuestra vida. Cada amanecer es un regalo”.

Por ello, cada vez que nos levantemos, la primera palabra que debe salir de nuestros labios es ‘gracias’: gracias a Dios por la vida, la naturaleza, por ser y estar. Si hacemos esto todos los días, encontraremos miles de razones para ser felices y hacer felices a los demás. No te olvides, que jamás falte la palabra ‘gracias’ en tu vocabulario habitual. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

El joven es el presente

“La juventud anuncia al hombre como la mañana al día”. Sin duda, esta frase de John Milton recoge la importancia de la juventud para el ser humano. La juventud es el despertar de la creatividad, es el cenit del ímpetu, es el imperio de la pasión. ¡Bendita juventud! ¡Quién pudiera encerrarla en la cárcel de nuestro cuerpo y tenerla para siempre! Es más, los seres humanos jamás quisiéramos que suceda aquello que recita Rubén Darío en su poesía: “Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver”. Nunca queremos perder la juventud.
La juventud es como una lámpara que arde y que el sabio levanta para alumbrar el árido sendero de la sociedad envejecida. Siempre la juventud será una luz renovadora. Una luz que se atreve a desafiar a la estupidez acumulada de una sociedad enferma. Es más, sólo el sutil y fresco estilo del joven es capaz de ridiculizar las ideas de los ‘talibanes’ confesos, de aquellos hombres grises de mente cerrada, carceleros de la verdad. La juventud pone en ridículo a aquellos seres que se sienten jueces de las opiniones por el hecho de haber vivido mucho. A ellos, la juventud les recuerda que las ideas, como la vida, son dinámicas y cambiantes: que nada es estático. Que ellas no se pueden encerrar en las galeras del dogmatismo y la tiranía. Los jóvenes sí pueden cambiar el mundo. Ellos tienen la energía y el coraje para hacerlo.
Con tristeza vemos que la sociedad actual no es otra cosa que la tiranía de los viejos. Sí, la gerontocracia es dueña del mundo y los jóvenes han sido relegados al limbo del después. Nuestros jóvenes se contentan con ser pasajeros eternos del coche infantil. Juegan a ser eternos jóvenes. Se han creído aquello que “son el futuro”. Yo diría que son el presente. Su tiempo es hoy.
¡Pobres jóvenes! Decía un querido profesor mío: “Los jóvenes esperan hacerse viejos para ocupar los puestos que los ancianos dejarán por muerte o demencia senil”.  Es verdad. Tiene razón. Lo triste es que para cuando llegue ese momento, los jóvenes de hoy ya se habrán hecho viejos. ¡Ya no serán jóvenes! Habrán perdido la lozanía de su juventud. ¡Qué terrible desgracia!
¿Qué pasa con los jóvenes? ¿Por qué no se les toma en cuenta? ¿Por qué no se cree en ellos? Los jóvenes son líderes innatos, capaces de ilusionar a los demás. Sus ideas bullen en una espiral infinita de energía y pasión. Ellos poseen una forma especial de ver el mundo. Aún creen en el amor. Su mente aún no está contaminada por fundamentalismos, filias y fobias fabricadas por los viejos. Su mirada todavía es diáfana, transparente, sincera: sin malicia. Aún no han pactado con el poder.
Abogo por los jóvenes. Ellos gozan de la fuerza vital, necesaria. Tienen en su mente la creatividad empozada, virginal. Y lo más importante, poseen visión de futuro: saben arriesgar. - Riesgo es lo que le falta al mundo-. Ellos, además, son dueños de una visión positiva de la vida: la aman. Se encandilan con los derechos humanos: creen en la justicia. Están enamorados de la libertad. Enaltecen la igualdad y sueñan el mundo como una escuela de fraternidad y amor. ¿Qué más necesitan creer? ¿Qué más tienen que adjuntar en su currículum vitae?

Creo que debemos dejar al joven de hoy ser el líder del presente. No cometamos el terrible crimen de postergarlos para mañana. No los dejemos de lado. ¡No hagamos tal filicidio! El tiempo de los jóvenes es hoy, y su futuro es… su hoy prolongado. 

lunes, 3 de julio de 2017

Las calles y los jóvenes

Las calles, realidades físicas y conceptuales, nacidas por una necesidad práctica, también han sido, a lo largo de la historia, un espacio para la socialización y la democracia. Los ciudadanos han visto en ellas un sitio ideal para defender sus derechos. Ellas siempre han sido un foro de reivindicaciones. Y es que la calle es una aliada silenciosa, incondicional, con la que cuentan los invisibles para hacerse ver en la esfera pública.

Y si uno mira la historia, han sido las calles y sus gentes el terror de tiranos y opresores. Basta hacer un paseo fugaz por las oleadas que ha dado la historia para constatar esta verdad: En las calles, a grito de libertad, se tomó La Bastilla y empezó la Revolución francesa el 14 de julio de 1789. En la India, la pacífica Marcha de la sal, liderada por Mahatma Gandhi, 12 de marzo de 1930, lideró el camino de la independencia. Ni que decir de los Disturbios de Soweto, en Johannesburgo (Sudáfrica), el 16 de Junio de 1976, que lograrán la abolición del Apartheid. Asimismo, la Huelga en los astilleros de Gdansk, en Polonia, el 14 de agosto de 1980, obligó al gobierno comunista de Polonia a legalizar las “Solidarnosc”. Y en nuestro siglo, cómo no mencionar a las mujeres de Liberia y su Marcha por la paz. Estas africanas “cansadas por las más de 50,000 vidas arrancadas por la guerra, forzaron un acuerdo de paz entre el gobierno y las dos fuerzas rebeldes”.
Y cuando uno mira la fotografía del joven chino que pasó a la historia como El hombre del tanque de Tiananmen, que hace frente a la columna de tanques del ejército chino -La respuesta de Deng Xiaoping fue acribillar a cientos de jóvenes-, nos hace pensar en la fuerza de la juventud y el pánico que le tienen los tiranos. Otro claro ejemplo de ello es la rebelión estudiantil en México, en 1968, contado magistralmente por Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco, quien describe en primera persona el entusiasmo de los jóvenes y su lucha.

Sin duda, los mejores aliados de las calles han sido los jóvenes. Ellos han visto en ellas su espacio natural, propio, para hacer volar sus ideales. Bien podemos decir que el pavor de los regímenes totalitarios siempre han sido los jóvenes. Es más, la universidad continuamente ha estado reñida con los gobiernos corruptos y opresores. Las voces disidentes y la protesta impetuosa siempre han encendido su chispa en las tertulias de estudiantes, entusiastas y apasionados.

Eso ha sido así en toda la historia. Las calles han sido el escenario y los jóvenes, los actores. Ellos han encarnado la sed de justicia. La  juventud ha sido sinónimo de ideales, de sueños, de luchas. Los jóvenes llevaban la justicia en sus poros. Su grito estaba alerta para denunciar la felonía, la traición y la putrefacción social; no obstante, en la actualidad, me pregunto: ¿Dónde están los jóvenes? ¿Qué pasó con esos  matrimonios naturales entre la juventud y la calle, entre la juventud y la justicia? Lo siento. Nuestros jóvenes se han hecho viejos.

Peligrosamente, hoy los jóvenes duermen. Los tiranos de la postmodernidad los crían adormecidos y lánguidos. Han secuestrado sus mentes y han canjeado su pensamiento crítico, inconforme, por ‘realidades aumentadas’ y placeres efímeros y baratos. No nos debe sorprender que nuestros jóvenes cacen ‘Pokemones’, mientras los corruptos se reparten el país y ensayan su mejor plan para mantenerlos mudos.


¿Y las calles?, antiguas aliadas de jóvenes, luchadores e inconformes, callan sucias y desérticas, lamentando el triunfo de los delincuentes y mirando impávidas la instauración de la era de la corrupción, las cortinas de humo y la impunidad. 

El poder de la sonrisa


Decía el francés Víctor Hugo sobre el buen humor de las personas: “La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano”. Con estas palabras el francés, autor de Los Miserables, sin quererlo nos alertaba de lo beneficioso que es la risa como práctica habitual. Y si miramos a literatos del otro continente, el estadounidense, Mark Twain, también alababa las bondades de reír: “La raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa”.
Y es que la risa es un arma eficaz porque es capaz de transformar nuestra vida. No exagero. Los beneficios que de ella se obtienen son incontables. En la vida podemos optar por dos actitudes: tomarnos la vida con acritud o tomarla con humor. Yo optaría por lo segundo, interiorizando actitudes similares al humor.
Bernabé Tierno, psicólogo, pedagogo, psicoterapeuta y escritor español,  cree que hay diez pilares de la felicidad: “Amor, humor, empatía, sabiduría, libertad, salud, motivación, autocontrol, valentía/ voluntad y grandeza de espíritu”. Es decir, el humor está situado en el segundo puesto, tras el amor.
Y es que tomarse las cosas con humor hace que aprendamos a disfrutar de los pequeños instantes de felicidad que nos regala la vida. Y hace, además, que sepamos tolerar el fracaso, la decepción y el desengaño; asimismo, nos capacita para desarrollar una actitud proactiva frente a los problemas. No se olviden, queridos amigos: “solo vivimos lo que disfrutamos.”
Sobre la risa, María Eugenia Polo, nos plantea algo muy interesante que deberíamos tomar en cuenta: “Al ser humano se le ha llamado también homo ridens, puesto que solo él es capaz de adoptar una actitud jocosa ante la vida. ¿Por qué no aprovechamos esas capacidades que se nos han regalado?”.
Debemos ser conscientes de que, cuando nos reímos de forma enérgica, movemos nada menos que 430 músculos de nuestro cuerpo, algunos de los cuales únicamente se activan al mover el diafragma cuando reímos a carcajadas.
Estos son los beneficios de la risa planteados por la denominada ‘Risoterapia’:
  1. Cura la depresión, el estrés y la angustia.
  2. Nos ayuda a sentirnos mejor: serenos y empáticos.
  3. Limpia y ventila los pulmones.
  4. Mejora la oxigenación del cerebro y del cuerpo en general.
  5. Regulariza el pulso cardíaco.
  6. Facilita el trabajo del aparato digestivo y regula el intestino.
  7. Relaja los músculos tensos.
  8. Disminuye la producción de hormonas que causan el estrés.
  9. Reduce la presión arterial de la sangre.
  10. Provoca la quema de calorías.

martes, 11 de abril de 2017

La lluvia que aterrorizó a Los Porongos

Fray Nicolás Vigo | Chota, Perú| “Suerte que el derrumbe se fue para la derecha y para la izquierda. Si venía de frente, nos cargaba”, dice festejando a la buena suerte, Nelson, un poblador de Los Porongos, un diminuto caserío de no más de 8 familias de uno de los distritos menos poblados de Chota, San Juan de Licupis, en Cajamarca, Perú.

El fenómeno climático denominado Niño costero ya se había hecho notar en el Perú, la furia contenida que traía este Niño había destruido numerosos pueblos del norte del Perú. Sobre todo, se ensañó con el departamento de Arequipa, Piura y La Libertad. No obstante, Chiclayo y Cajamarca, también recibieron las húmedas rabietas de este ‘Niño de la costa’. Y también, San Juan de Licupis, el distrito que está entre los más pobres y menos habitados de la provincia de Chota.

Las noches del 25 y 26 de marzo
Las noches del 25 y 26 de marzo se guardarán en la memoria de los campesinos de Los Porongos como noches de terror y de miedo. Los lugareños no imaginaron que esa lluvia perseverante, compañera frecuente y visitante esperada de todos los marzos, este año, les jugaría una mala pasada.

La señora Reina Carrasco lo resume en una frase: “Daba miedo, parecía que el agua se viene sobre nosotros. Estábamos asustados. No sabíamos qué hacer”. El pánico de las pocas familias que habitan este caserío es más creíble cuando uno mira las montañas escarpadas que resguardan el pueblo. Se trata de gigantes verdes cortados violentamente por agresivas quebradas que marcan su territorio con ímpetu. 

Para agravar la escena de terror, está la noche oscura. Ella se pone demasiado negra cuando llueve, truena y relampaguea. El cielo serrano, amigo de poetas y soñadores, se convierte en enemigo traidor y peligroso. Desde hace unos días, las lluvias se habían hecho cada vez más fuertes. Llevaban ese ritmo más de un mes. Por ello, los campesinos tienen razón cuando dicen que fueron las noches más terribles de sus vidas.


El caserío de Los porongos
Cuando llegamos a Los Porongos unas casitas sencillas de adobe, techadas con calaminas viejas y oxidadas, nos indican que estamos en una zona más o menos poblada. Sin duda, este debe ser un pueblo. Sin embargo, este no es un pueblo como cualquier otro. Las casas que lo componen no pasan de 8. No tiene plaza ni escuela; tampoco tiene colegio ni iglesia. Pero sí que abundan los animales domésticos y las aves de corral. Los pavos y pollos caminan libres, como soberanos de esa tierra.

El camino nos lleva directamente sobre una quebrada. Ahora está seca. Solo presenta zanjas profundas, hondas y una variada recopilación de piedras (Las hay de todos los colores, formas y tamaños). Indudablemente, son las pruebas de la terrible noche que vivieron los lugareños.

Pasada la quebrada, y cerrando la curva natural de la calle, vemos un brioso burro atado a una casa. Ésta casa es igual a las otras: adobe, calaminas y algunas puertas de madera y otras de metal. Las puertas, como las calaminas, también están oxidadas. No obstante, el corredor de esta casa está bien protegido por una barrera de carrizos uniformemente atados, puestos para resguardar la intimidad de la familia. Llegados ante ella, vemos alrededor del burro atado, una pandilla de niños juguetones. Nada más vernos, suspenden sus juegos y activan su curiosidad al máximo. Son pequeños y fisgones. Tal vez ya se han acostumbrado a las visitas inesperadas de este tiempo. Gente, como nosotros, que vienen a sacar fotos y a bombardearles con preguntas y a llenarles de promesas.

¿Aquí es Los Porongos?
¡Buenas tardes! ¿Aquí es Los Porongos?, digo levantando la voz. Una señora de ojos vivos y ágiles nos dice: “Lléguste! ¡Lleguste!”, en señal de hospitalidad. Junto a ella hay otras cuatro mujeres jóvenes que se mezclan con los niños y un pequeño becerro amarrado al cerco. Una de ellas con un enorme peine rosado no deja de peinarse y nos dice: “Buenas tardes. Sí, aquí es Los Porongos. ¿Qué buscan?” Lejos de responderle, más bien, le preguntamos por los daños que han causado las lluvias, y, por el huayco.

De pronto sale del interior de la casa, una mujer más adulta, con un celular en la mano,  y nos señala hacia la quebrada. Parece que es la matriarca de esta familia. Mientras los niños nos miran risueños y las mujeres callan, aprovecho y saco algunas fotos al pueblo- Y a ellas mismas-. Pronto dejo de seguir disparando más instantáneas porque se terminaron las casas. El pueblo es realmente pequeño. Después, las mujeres y los niños nos confirman con locuacidad los datos que habíamos recogido antes. Y nos indican con la mano el sendero para llegar al huayco.

En tanto, dirigimos nuestros pasos hacia la zona del desastre, la mujer mayor se pone a hablar por teléfono, casi gritando. Les dejamos atrás. Seguimos el camino hacia arriba. La senda está desfigurada. Los cortes que ha sufrido son espantosos. Por lo visto las lluvias, realmente, se han ensañado con el pueblo.

Lo que el huayco se llevó
Miramos más arriba y vemos una casa pequeña, también de adobe y calamina. Pero esta, a diferencia de las otras casas, está solitaria, apartada. A su alrededor hay piedras y grietas enormes. Suponemos que esta casa, habría sido afectada por el huayco. Acertamos. A 30 metros de distancia, salen de una casa escoltada por pollos y pavos, un señor con pantalón marrón y camiseta granate. No es de ningún equipo, más bien en él, dice: “Molino Espiga de Oro. Licupis”.

Es Don Cayetano Arcila, un campesino que ya tiene sus años, nos saluda amablemente, masticando un poco de comida que había guardado en la boca antes de salir. Suponemos que estaba tomando la cena, la comida de la tarde noche. Porque aquí se duerme temprano. Hay más personas en su casa. Ésta es más baja que las otras del pueblo. Y también la cerca está hecha con un poco de carrizo. Le saludamos y le decimos el porqué de nuestra visita.
Él nos describe con viva emoción lo ocurrido el 25 y 26. Para acompañar el relato, abre exageradamente sus ojos y estira elásticamente las arrugas de su rostro curtido. Finalmente, concluye su relato, diciendo: “Nunca hemos visto una lluvia así”.

Estas palabras del campesino de ojos claros son verdaderas. Siempre ha llovido en la zona y nunca han estado en apuros. Jamás se han quejado por las lluvias, más bien, ellas siempre han sido vistas como una bendición.

Cayetano relata lo que pasó. Nos cuenta que la pared de atrás del pequeño jardín provisional Luceritos de amor estaba destruida. “La avalancha de lodo, piedras, agua y palos la derribaron y se llevaron el escaso material didáctico con el que contaba la profesora para entretener a los 9 niños que asistían todos los días. Se lo ha llevado todo. Incluyendo el mobiliario. Lo ha dejado sin nada”, nos dice.

Cuando el huayco bajó del cerro  ‘Panza negra’ se bifurcó en dos. Haciendo una Y invertida. Por el lado izquierdo, lo primero que arrasó fue la pampa en la que los pobladores jugaban futbol. Era su campo de futbol. Después siguió por la pendiente y se llevó el anhelado local definitivo, que estaba en construcción, el jardín PRONOEI Luceritos de amor.

Era un local de tres ambientes, que tanto querían tener los campesinos para que sus niños aprendan. Nelson Salazar Carrasco cuando pide a las autoridades la reconstrucción del jardín, dice: “Devuelvan esa alegría a nuestros niños. Ellos vivían tranquilos, jugando, divirtiéndose. Aprendían lo que su animadora les enseñaba. Ahora nuestros niños tienen lágrimas en sus ojos”. Sin embargo, cuando el huayco se lo llevó, aún no estaba terminado, porque como siempre, las autoridades, tardaron con los materiales para el techo.


El huayco siguió en su carrera veloz y se llevó la pared del local provisional del jardín de los niños. Parecía ensañado con el jardín de los pequeños. Menos mal que no había nada más en esa dirección. El huayco, finalmente, despareció quebrada abajo.

Nosotros seguimos nuestra indagación. ¡Ya parecería una tertulia! Mientras saco fotos, mi compañero, enciende la conversación. De pronto se suma a ella la esposa de Don Cayetano, Doña Reina. Llega emocionada y nos regala naranjas y nos ofrece una alfombra para sentarnos. Siempre la gente de esta parte del Perú es generosa. Lo llevan en sus venas. Te dan hasta lo que no tienen. Recibimos las ofrendas y seguimos la conversación.

Ella nos dice que por temor, los vecinos de Los Porongos durante esa noche de susto -y las otras noches siguientes- se juntaron para dormir en dos casas: “la lluvia bramaba y los truenos y relámpagos nos asustaban. Las lluvias eran de noche. Y parecía que venían para acá”, nos dice señalando su casa. 

Mientras tanto los pavos que crían estos campesinos no paran de gritar. El pavo macho no deja de alardear y de vigilar a sus hembras. Acompañados por esta buena gente, decidimos llegar hasta los restos del huayco. Un enorme depósito de piedras, arbustos y troncos de árboles depositados en lo que algún día fue su campo de futbol, es todo lo que vemos.

Como resentidos por la maldad de la naturaleza con estos buenos campesinos, echamos un ojo a los centímetros de pared que quedaron del anhelado jardín para los niños. Aún están los cimientos y unos cuantos adobes. Encima de estos restos -y en un brazo del árbol que acompaña la construcción- podemos ver un nido de ‘chilala’ un pájaro famoso, que los paisanos de estas tierras hasta le han hecho un canción. Esta ave construye su nido de barro. Es una joya de la arquitectura animal. El nido yace libre, entero como ironizando con la obra de barro del hombre, destruido por la madre naturaleza. Ello nos hace pensar en la urgente reconstrucción de este jardín para que los niños de Los Porongos puedan sonreír otra vez.













martes, 7 de febrero de 2017

El hombre derramado

Dicen los pesimistas que nuestra sociedad camina a su perdición. Que todo apunta a la aniquilación y a la destrucción de nuestra cultura: “Occidente cava su propia tumba”. Es más, los vaticinadores de desventuras denuncian enérgicos la desintegración de la sociedad. La llegada de la hora cero. Más aún, en muchos lugares ya se han tocado las trompetas que anuncian el derrumbamiento de los muros que sostienen nuestra civilización. ¿Tendrán razón? ¿Su grito será certero? No lo sé. ¡Quién sabe!

Lo que sí sé, es que el hombre del s. XXI se ha decidido a vivir en la apariencia: se regodea en la doxa (δόξα). Siguiendo al buen Platón, los hombres viven en la caverna. Allí gastan sus años en medio de las sombras y la oscuridad. ¡Vegetan felices! Se resigan a la ceguera y a la mediocridad. ¡Esto es un gran problema! Me decepciona que el ser humano se contente con tan poco. Que haya claudicado tan fácilmente. Que dé sus espaldas a lo esencial. Que viva en la sombra, enajenado, alienado de sí mismo.

No exagero. El hombre postmoderno está derramado. Se arrastra entre lo que no sirve y lo que defrauda. Entre lo efímero y lo pasajero. Entre el vacío y el desamor. Ha renunciado al conocimiento (ἐπιστήμη). Y se complace en el prejuicio y la ignorancia. Se alimenta de creencias irracionales.

La postmodernidad nos ha proporcionado regalos grandes. Cosas loables, buenas, acertadas e inteligentes. Cosas aplaudibles, como el desarrollo de la tecnología, la inmediatez en las comunicaciones, la cercanía en la aldea global, etc. No obstante, en su giro veloz, ha echado por tierra todo absoluto. Sin darse cuenta, en el estruendo de su grito estentóreo, ha dejado al hombre sordo y mudo: deficiente. Sin referentes dignos. Incapaz de encauzar a sus fobias y a sus filias. Metido en un laberinto existencial.

Quisiera que los hombres cada vez sean más libres. Me encantaría que cada vez más el ejército de gente liberada se multiplique por mil. ¡Qué más quisiera! No obstante, cuando hablo con la gente, descubro sus llagas; veo sus heridas abiertas; recibo los golpes de sus caídas. Sangre de decepción. Costras de vacío. Cortes de desamor. Es un cuadro lúgubre: ¡El hombre postmoderno herido de muerte!

¿Qué hacer? ¿Cómo salvamos al hombre? Aunque parezca absurdo, el desafío que debe asumir nuestra sociedad es decidirse de una vez por la ‘Revolución del pensamiento y del amor’. Tan claro como eso. Simplemente pido: enseñar a los hombres a pensar y a amar. ¡Pensar, pensar, pensar! ¡Amar, amar, amar!

En el correcto ejercicio de pensamiento está el conocimiento fértil, fecundo. Que da vida. Que ejercita en la libertad. Que rescata de la ignorancia. ¡Que salva al hombre de la superchería y la estupidez!

Si nuestra gente no fuera analfabeta emocional –y analfabeta académica también-. ¡Si pensaran correctamente! Si desterraran sus ‘creencias irracionales’. Entonces, saldríamos del indignante tercer mundo y abrazaríamos el cuerpo hermoso de la justicia y el derecho.

Sólo el pensamiento crítico y el amor diáfano nos pueden hacer renunciar a la corrupción institucionalizada, a la ‘viveza criolla’, a la ‘Cultura Combi’ -y ahora ‘Mototaxi’-. Cuando lo hayamos logrado, entonces, la democracia no se construirá embruteciendo a los niños; canjeando votos por fósforos; ni legitimando en el poder a delincuentes, mafias ni lobbies; menos, comprando conciencias con un puñado de soles mal conseguidos.


Reclamo. ¡Sí!. ¡Urjo la pronta liberación de los rehenes de la caverna! ¡La salida digna de los cautivos! Y apuesto por la llegada de la luz. Por el gobierno del pensamiento lógico y racional; justo y ético. Y creo, sinceramente, en el triunfo de la ‘Revolución avasalladora del pensamiento y del amor’.

Apostar por la transformación personal

Hace unos meses, me topé con una entrevista a Rafael Santandreu que hablaba sobre las bondades de la psicología cognitiva. Este famoso psicólogo español ha publicado varios títulos exitosos sobre ello. Uno de mis favoritos es El arte de no amargarse la vida.

Cuando leí este título por primera vez, llamó poderosamente mi atención. Ni corto ni perezoso, pedí a un buen amigo que me regalara el libro. Así llegó a mis manos. Cuando me lancé a su lectura, recordé mis sesiones de coach que hice en Madrid. En realidad, me refrescó todo. Y me dejó un buen sabor de boca porque respondía a preguntas que, normalmente, me hacen muchas personas diariamente.

El libro no tiene pierde. Su gran mérito es obsequiarnos varias pinceladas para mirar la vida desde una perspectiva cognitiva, huyendo de los mitos, tópicos y creencias irracionales. Hoy quiero fijarme en algunos detalles que pone en su libro.

Transformarse es posible
Santandreu cree resueltamente en la transformación del ser humano. Este manifiesta que mucha gente vive en el neuroticismo; es decir, el gusto de muchos por vivir en la angustia, la depresión, la ansiedad y la obsesión.

En esto último, coincido plenamente con él: suelo decir, “que la gente se empeña en vivir mal porque quiere. Porque disfruta vivir así”. Encerrados en sus incontables miedos desconocen que la vida no es para vivir mal; sino para disfrutar de ella. Para sacar lo mejor del ser humano mediante la fortaleza emocional. Sobre ella Santandreu, cuenta lo que dice a sus pacientes en la consulta: “Esa fuerza (emocional) les permitirá disfrutar de la vida con plenitud. Aquí no queremos vidas normales, grises o simplemente estables –les digo-: queremos aprender a aprovechar todo nuestro potencial”.

La clave es la transformación mental
Este psicólogo cognitivo manifiesta que la clave para el cambio en el ser humano es cambiar de pensamiento. Aprender a pensar, de tal forma que nos convirtamos en personas emocionalmente inteligentes. Capaces de saber leer los problemas y las dificultades.

En resumen, saber cómo tomar y qué hacer con lo que nos sucede. Sobre el mismo tema, María Eugenia Polo, catedrática de la Universidad de Salamanca, manifiesta: “la capacidad de resolver problemas cotidianos o de ser feliz apenas tiene parentesco con nuestro intelecto. La inteligencia académica tiene poco que ver con la vida emocional”.

Como ven, el cambio es posible. Depende de nosotros. Tenemos que aprender a pensar. Hay que cambiar el modo de cómo enfrentar los problemas. Nada es tan terrible como parece. Nada merece nuestro desasosiego. Bien podemos decir, que ante lo que nos sucede, nos falta un poco de realidad. Debemos mirar las cosas tal y como son. Nunca hay que ponernos en el plan de víctimas. Menos, creernos débiles, incapaces de tomar buenas decisiones. Asimismo, hay que tener la capacidad de hacer frente a nuestros retos y desafíos diarios.

Para ello una buena ayuda es la psicología cognitiva. Ella se basa en el cambio por el pensamiento; es decir, nos obliga a pensar correctamente, por medio de un proceso lógico de pensamiento. O si queremos, por medio de un minucioso proceso de inferencia, que no haga derivar a nuestros pensamientos en falacias, mitos o creencias irracionales.


Como conclusión, diremos, siguiendo a Santandreu, que: “Cambiar es posible. Nos costará un esfuerzo continuado, pero se puede lograr. Transformarse en alguien positivo es esencial para disfrutar de la vida. La fuerza emocional es el principal pasaporte para ir por el mundo”.

Somos lo que pensamos

La palabra es capaz de aplacar el miedo, de disolver la tristeza, de exaltar la alegría, de mover a la compasión. Gorgias.

Las palabras no solo tienen el poder de significar, de dar sentido a la comunicación, sino de despertar actitudes en los seres humanos. Las palabras afectan directamente nuestra vida. El teólogo Jacinto Núñez Regodón dice: “Hablar es rabiosamente humano”. Poniendo énfasis en el poder persuasivo, conmovedor y humanizador de la palabra.

Somos lo que pensamos
Muchos psicólogos afirman: “Somos lo que pensamos”. Javier Akerman es uno de ellos. Él dice: “El cuerpo es la expresión de la totalidad del pensamiento que tiene usted de sí mismo”. Por ello nuestro cuerpo reacciona de acuerdo al lenguaje que le comunicamos. Muchas de las enfermedades fisiológicas y mentales tienen que ver con el tipo de comunicación que tenemos con nosotros mismos. La mayoría de las personas son victimarias de sí mismas. El lenguaje que usan consigo mismas es destructivo y limitante.

María Rosa Fernández Oñate atribuye a la mente un enorme poder. La considera como un iceberg que consta de dos partes, la consciente y la inconsciente: “la mente consciente, que equivale a la parte emergida del iceberg, nos ayuda a tomar decisiones y nos presta asistencia en situaciones nuevas. La mente subconsciente, que representa la parte sumergida del iceberg, se encarga de la repetición de los comportamientos aprehendidos”.

Por ello, la clave para tener una buena salud mental está en la forma cómo pensamos. Si lo hacemos correctamente, tendremos buenos resultados y una vida fenomenal. Si pensamos negativamente nos convertiremos en seres lánguidos, marchitos y mustios. Cuando llenamos nuestra mente de pensamientos incorrectos e irracionales nos convertimos en personas tóxicas, ensimismadas y extrañas de sí mismas. Podríamos decir: Dime lo que piensas y te diré quién eres.

El dialogo interno
Muchas veces nos quedamos con las peores situaciones que hemos vivido. Seleccionamos exactamente aquellos eventos del día que nos han hecho daño. Los proyectamos una y otra vez en nuestra mente, hasta el cansancio. El resultado es catastrófico. Con esta actitud nos estamos diciendo que todo es negativo. Que no hay otra cosa en nuestra vida que el fracaso, el dolor y la infelicidad.

Se trata del diálogo interno. Hablamos con nosotros mismos usando el lenguaje negativo en un diálogo interior, circular y nefasto que nos encierra en el fracaso y la mediocridad. Nuestro cuerpo recibe un lenguaje negativo que nos paraliza, y muchas veces, es el caldo de cultivo de muchas enfermedades fisiológicas y traumas psicológicos. Sobre ello, Rafael Santandreu dice: “Las palabras pueden convertirse en auténticas medicinas para el espíritu o veneno. El lenguaje no es inocente; puede integrar o excluir, acariciar o insultar, unir o separar, exaltar o denigrar”. 

El lenguaje emocionalmente correcto

Por ello es mejor hacer una selección de eventos positivos y constructivos de nuestro día a día, que nos ayuden a mirar la vida con alegría y optimismo. Hay que pensar positivamente.  Tenemos que extraer lo bello, lo bueno, lo verdadero. Sólo así podremos decir a nuestro cuerpo un lenguaje emocionalmente correcto que nos permita encontrar la felicidad. No lo olvidemos nunca: “Somos lo que pensamos”.   

El reto de ser uno mismo

Aunque no me lo crean, muchas personas pasan su vida sin ser ellos mismos. Encarnan una historia ajena. Son extraños de sí mismos. Nunca se conocen. Son unos auténticos desconocidos para ellos mismos.
¿Qué es eso de ser uno mismo?
Ser uno mismo es despojarnos del ego -que no es ni más ni menos que un falso ser-, para conectarnos internamente con lo que somos, no con lo que tenemos.
María Eugenia Polo, Catedrática de la Universidad Pontificia de Salamanca, advierte que el mayor peligro para no ser uno mismo es el ego. Sobre él, dice: “es un vampiro que necesita permanentemente de la sangre de la aprobación ajena, de pretender gustar a todo el mundo”.
Siempre hay que luchar contra el ego. Cuando lo matamos, nos damos cuenta de que para ser felices no necesitamos de la aprobación de los demás. Muchos cometen este error. Quieren agradar a todos desconociéndose a sí mismos. Es decir, viven la vida de otros. Y sacrifican lo valioso que tienen dentro de sí.
La clave, la autoestima
La decisión de hacer un viaje al interior de nosotros mismos la toma cada uno. Y cuando uno ha hecho ese esfuerzo posee la seguridad de saber lo que hay dentro. Sabe cuáles son sus potencialidades, sus capacidades y sus fortalezas. Si lo queremos llamar de algún modo, esto es tener una sana autoestima. Ni sobrevalorada ni minusvalorada.

Una persona sana, reconciliada consigo misma, no necesita impresionar a nadie. Porque su gozo es interior. Sabe lo que tiene y conoce los fundamentos interiores. Ello es su seguridad. No necesita más.
La autoestima lleva a la autoconfianza. Ella es lejana de la soberbia. La seguridad interior debe salir a flote y desarrollar nuestra personalidad. Tihamer Toth, dice sobre ello: “Nadie es tan desdichado como el que vive deseando ser distinto de lo que la naturaleza dispuso que fuera”.
¿Cómo lograr ser uno mismo?
Para ello debemos asumir con radicalidad todo lo bueno y valioso que tenemos dentro. Y dejarlo que se desarrolle. Debemos ponerlo en práctica, de modo que ello nos haga feliz. Baltazar Gracián en su libro El arte de la prudencia, habla de virtudes: “Has de saber en qué profesión eres más capaz, y cultivar eso, y usarlo para ayudar a los demás. Cualquiera puede conseguir la prestancia en algo, si descubre que esa es su vocación. Conoce tu virtud principal y aplícate a ella: por ejemplo, unos se destacan por el buen juicio, otros por el valor. La mayoría no hace caso a los consejos de su inteligencia y por ello no consigue el éxito. Quien ignora sus razones y se lleva de sus pasiones, con el tiempo recibirá un desengaño”.
Debe quedarnos claro que el autoconocimiento no sólo nos hace felices, sino que nos da las herramientas para poder desenvolvernos en sociedad. El autoconocimiento no termina en uno mismo, sino que nos da la sabiduría para abrirnos a los demás. Schopenhauer decía: “Para vivir en sociedad hay que tener la sabiduría del erizo: Saber a qué distancia ponerse para no lastimarse”.