lunes, 17 de junio de 2013

Gente tóxica


En muchos momentos de mi vida he tenido que enfrentarme con situaciones críticas y peligrosas. Otras tantas veces, he tenido que lidiar con el dolor, la decepción, la angustia e incluso, con la soledad. Como diría san Pablo: “En todo esto he vencido fácilmente gracias a aquel que nos amó”.
Sin embargo, hay una batalla que no la he querido librar porque he considerado estéril gastar energías en ello. He decidido reservarlas para otras situaciones. Esa batalla no realizada ha sido contra los pesimistas y los negativos. Siempre he huido de los pesimistas y he sorteado a los negativos. Este grupo de personas, a base de perseverancia y probada fidelidad, se han arrobado el derecho de ser evitadas. Es un colectivo al que suelo llamar ‘gente tóxica’. ¿Quiénes son éstos?
Son ese ingente número de personas a las que se denomina, pesimistas, desesperanzados, desmoralizados, desilusionados, melancólicos, agoreros, negativos. También pertenecen a esta clasificación los criticones, los ‘sabelotodo’ y los ‘todólogos’. Estos últimos tienen en común la curiosa capacidad de saberlo todo y dar la última opinión sobre cualquier tema.
Bernardo Stamateas, teólogo y psicólogo, dice sobre ellos: “Muchas veces permitimos entrar en nuestro círculo  más íntimo a los chismosos, a los envidiosos, a gente autoritaria, a los orgullosos, a los mediocre; en fin, a ‘gente tóxica’, a personas equivocadas que permanentemente están evaluando lo que decimos y lo que hacemos, o lo que no decimos y no hacemos”.
Es una extraña especie de personas que se mueven desde su ‘yo herido’. Que se regodean en el fracaso del prójimo y sienten envidia por el progreso de los demás. Viven estancados en la frustración. Sorprendentemente, no encuentran nada que sea digno de alabanza o de elogio en el otro. Eso no les interesa. Lo suyo siempre es buscar el lado negativo de las personas: los errores, los defectos. Si algo salió muy bien, nunca lo dirán, se contentarán con poner el acento en el uno por ciento defectuoso.

En muchas ocasiones me he topado con este tipo de personas. Me ha tocado estar con ellos, incluso estudiar, vivir y trabajar. Nunca he peleado con ellos. Me he rehusado a ofrecer resistencia y entablar el combate. He preferido huir, esquivar o simplemente, pensar en otras cosas o reírme de su actitud. No ha sido una cobardía ni una rendición anticipada. No. Lo he llamado: la estrategia de la ‘salud mental’. Gracias a ello he aprendido a conocerlos, a entenderlos, y, sobre todo, a no hacer lo que hacen y a no pensar, como ellos piensan.

Para tener una adecuada ‘salud mental’ en un ambiente tóxico he descubierto que una  buena herramienta es el humor. No hay nada más letal para un ‘tóxico’ que la risa. Recibir las críticas con humor. La risa no encaja en sus parámetros. No forma parte de él. La risa te blinda, te acoraza, te otorga inmunidad.

Hay otro antídoto antitóxico, mucho más letal: el optimismo. Ver la vida desde el lado más favorable. Concebirla como un regalo de Dios. Tener un estilo de comportamiento ‘De mente abierta’, tolerante, sinérgico, empático. Creer en los demás, amar a todos y ver la realidad con ‘ojos de Dios’. El optimismo es un blindaje ‘antitóxico’ fabuloso. Te mantiene protegido y te hace dueño de una salud mental envidiable.
Estas estrategias las he practicado por años. Las he intuido y las he aplicado cuantas veces han sido necesarias. Siempre me han dado buenos resultados. Y junto a todo esto, he rezado. He pedido a Dios por mí, por los demás, por los ‘tóxicos’ que ha puesto en mi vida, por lo ‘tóxico’ que hay en mí. Le he pedido que nunca me convierta en uno de ellos; sino que, el amor, con todos sus efectos, se multiplique en mí.
Hay que entender que en este mundo no existen dos tipos de personas, sino que existen actitudes que las personas eligen desarrollar.  Dos actitudes distintas ante la vida. María Eugenia Polo, parafraseando a Bernabé Tierno, dice: “Existen ‘personas tónicas’ y ´personas tóxicas’. Las primeras nos ayudan al crecimiento personal; las segundas, por el contrario, se convierten en auténticos vampiros emocionales, merman nuestra energía”.
Que nunca nadie llegue a decir de nosotros que somos ‘tóxicos’; o peor aún, que somos ‘vampiros emocionales’, y se alejen de nuestro lado. Tenemos el reto de ser personas ‘tónicas’ que ayuden, que contagien, que infundan ganas de vivir a los demás. Que sepan dar sentido a su vida y ayuden a otros a hacerlo, que sepan amar y escuchar.

¿Cómo ser ‘tónico’ eficazmente? Sólo tienes que abrir el Evangelio y fijarte en las actitudes de Jesucristo. Un hombre que seducía, que atraía, que encandilaba a otros. Alguien que ‘tonificaba’ (daba vida, fortalecía, reconfortaba, estimulaba, reanimaba) a los demás.