lunes, 11 de agosto de 2014

Estilos de comportamiento

Hace algunos meses estudié en profundidad los “estilos de comportamiento” más frecuentes en los seres humanos. Se trató de una asignatura moderna y necesaria para la formación de los periodistas: Comunicación interpersonal. Ella es una forma de prevenir a los periodistas sobre la personalidad de las personas con las que un profesional de la comunicación se va a relacionar en el ejercicio de su profesión.

Así me topé con muchos “estilos de comportamiento”. A medida que iba escuchando la descripción de cada uno, iba poniéndoles rostro con el fin de relacionarlos y estudiarlos mejor para el examen final. No era un ejercicio muy saludable, pero no podía evitarlo. Y, la verdad, es que me sirvió de mucho como estrategia de aprendizaje.
Estilos de comportamiento
De todos los “estilos” estudiados seleccioné cuatro, creo que son los más frecuentes en el entorno en el que me muevo, “El autoritario”, “El dogmático”, “El maquiavélico” y el “De mente abierta”
“El autoritario”, estudiado por Theodor W. Adorno, describía así el perfil de una personalidad autoritaria: le gusta dar la sensación de que tiene el poder; no emite juicios de valor sobre lo que hace la autoridad; se mueve en un contexto de normas establecidas, aceptadas por el grupo; rechaza a las personas que no observan las normas establecidas; no acepta la subjetividad u opiniones contrarias; detesta los matices en las cosas; piensa que el que posee la autoridad tiene un halo místico; ve al mundo como amenazante, descubre conspiraciones por todas partes; sólo resalta lo negativo del ser humano.
Luego le tocó el turno a dos estilos, estudiados por Milton Rokeac; primero, “El dogmático”. Este no permite la entrada de información conflictiva en su entorno, porque le puede alterar su plan de vida y sus creencias; establece características rígidas: las cosas son blancas o negras, buenas o malas, no hay términos medios para él. No cuestiona nunca a la autoridad (cualquier sujeto que lo haga es visto como peligroso); las cosas son malas porque alguien las prohíbe; son buenas o malas si están a favor o en contra de la autoridad; del mismo modo, necesita de la autoridad para actuar y tomar decisiones. Requiere de alguien que le diga lo que tiene que hacer.

El “De mente abierta”: admite informaciones conflictivas del exterior; sabe rectificar sus propias posiciones si las circunstancias cambian; no tienen características rígidas; es capaz de ver matices en las cosas: es flexible; sabe hacer excepciones; cree en la autoridad, respeta  a la autoridad por la experiencia, los años y la información que posee. Sabe cuestionarla, no necesita de ella para tomar decisiones; tampoco requiere órdenes para hacerlo; y sabe ver el potencial que tienen las otras personas.

Y, por último,  El maquiavélico”, propuesto por Richard Christie y Florence Geis. Estos calificaban al “maquiavélico” como un sujeto manipulador, que utiliza a los otros para lograr sus propios fines; que hace suya las sentencias: el fin justica los medios y vale todo; no tiene sentimientos, trata a las personas como objetos; no se identifica con los otros porque pierde su objetivo; no se guía por criterios políticos o morales, sino por utilitarios; es un gran procesador de la información; tiene gran memoria, después de años recurre a hechos del pasado; no es idealista, es polifacético y versátil; es capaz de adoptar cualquier ideología; sabe moverse bien en situaciones de anarquía o incertidumbre para obtener la admiración del grupo; no le aterroriza las situaciones, los caos, el sigue siempre adelante; y es un “provoca incendios”.
Perfiles

Frente a este exquisito bufete de “estilos de comportamiento”, sólo me dije: ¡Vaya! ¡A cuánta gente le cae ‘clavado’ uno de estos perfiles! Han sido muchas las circunstancias en la que me ha tocado enfrentarme con los “autoritarios” y “dogmáticos”. ¡Todas las batallas que he librado con ellos! Hasta que aprendí a conocerlos. Cuando logro ver detrás de su máscara, simplemente, renuncio a seguir discutiendo con ellos, porque es eso: ¡Discutir por discutir! Nunca se puede mantener un diálogo alturado, cortés, en el que fluyan las ideas. El único argumento que conocen es la destrucción y la descalificación del otro, la ofensa, la falacia y la defensa a ultranza de su posición. Con este tipo de personas, el proceso lógico de inferencia de los argumentos, no funciona.
Del mismo modo, muchas veces me he topado con los “maquiavélicos”. Aquellas personas que han hecho de su yo lo único importante en el mundo. Estos son los abanderados del “yoismo” y del “utilitarismo”; todo gira a su alrededor. Lo único importante es la conquista de sus fines. No hay límite para ello, el fin justifica los medios. No dudan ni un instante en derribar, utilizar y pisotear a los demás para ello. Vivir con esta clase de personas es algo muy gravoso. Y, para saber lidiar con ellas, es necesario mucha sagacidad y sabia humildad. 
Los “De mente abierta”

Igualmente, he rozado con gente “De mente abierta”. Aquellas personas que nos devuelven la ilusión y las ganas de soñar, de apostar por un mundo mejor. Estas personas son las que nos ayudan a crecer, a desarrollar nuestra creatividad, a sacar nuestro talento. Tienen el poder de hacer que nuestras capacidades se desarrollen y sirvan al bien común. No se atrincheran en falsos autoritarismos ni poseen jefes, místicos, incuestionables; sino que saben interactuar con la información, sopesar la realidad y buscar salidas creativas. 

Cuando pienso en este tipo de personas me viene a la mente los libros sapienciales de la Sagrada Escritura. En ellos, el sabio se vislumbra como tal por su capacidad de cambio, de adaptación a los nuevos tiempos. El sabio es sabio porque posee una “mente abierta”. No porque sabe cosas o porque posee una gran memoria. Su ‘mente abierta’ le permite tener siempre una actitud de escucha activa, permanente. Atento a lo que Dios le pide cada día. ¡Qué alegría da vivir con este tipo de personas! ¡Cuánto un crece! ¡Cuánto uno aprende! 

Cuando me encuentro con actitudes intolerantes, disfrazadas y falsas: ¡Cómo anhelo que todos las personas desarrollasen una “mente abierta”, creativa y dinámica! Sin autoritarismo ni dogmatismo…, sin maquiavelismo. Si ello fuera una realidad, de seguro, nuestra vida sería más fraterna, más humana, más significativa; y en consecuencia, más evangélica para todos.