jueves, 2 de octubre de 2014

El Espíritu que habita en mí

El Espíritu de Dios habita en cada uno de nosotros. ¡Vaya frase! ¡Tremenda frase! Cuando uno la analiza en su significado real tiene dos efectos: nos produce miedo o confusión -no entendemos qué quiere decir semejante frase-. ¡Qué más quisiera un pobre mortal como nosotros -un pobre hombre, como dicen mis amigos-, que tener dentro al Espíritu de Dios! No se trata de una frase retórica ni de un complicado argumento ontológico, sino de una verdad existencial que nos hace poseedores del mismo Dios.
Los sencillos, destinatarios privilegiados de cosas espirituales, y los visionarios, preparados para ver lo que otros no tienen ni idea, son capaces de otear las conexiones y los movimientos que hace el Espíritu en nuestro interior. Él aletea en nosotros como una fuerza invisible. Esta fuerza está escondida justamente en el centro de nosotros mismos; está colocada en la hondura de nuestro ser, entre el fuego vital de nuestra existencia y la génesis de nuestra humanidad. Ese Espíritu tiene la capacidad de hacer que seamos lo que nosotros tenemos que ser. Es una fuerza intrínseca, sobrenatural, capaz de mover todo, absolutamente todo en nosotros.
Los aleteos y los ruidos del Espíritu no deben sorprendernos porque esa fuerza interior, espiritual y divina, no tiene otro origen que en el mismo Dios. Es esa parte divina que los humanos poseemos. Es el“ruah”, el “pnéuma”. Estas palabras, en hebreo y en griego, respectivamente, no significan otra cosa que “aliento”, “soplo”. Algo como el viento: invisible, intenso y vehemente.
El Espíritu de Dios “invade y trasciende todo”. Por ese Espíritu, el hombre vive, siente, ama y es capaz de todas las cosas. Pero hace las cosas de modo distinto, diferente. Las hace con sabiduría y con acierto: según el corazón de Dios. El Espíritu ha estado presente durante toda la historia de la salvación, desde el origen del mundo hasta hoy.
Hay un pasaje en la Biblia que me gusta mucho. En el libro de Los Reyes, se produce un dialogo entre Elías y Eliseo. El maestro, antes de ser arrebatado al cielo por un carro de fuego, le dice a su discípulo. “Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de ser arrebatado de tu lado”. La respuesta de Eliseo desconcierta. Su respuesta es segura y contundente: “Que tenga dos partes de tu espíritu”. Eliseo no pide dinero, poder ni fama. Le pide dos partes de su Espíritu. Eliseo pidió aquello que le podía hacer capaz de tener todo: el Espíritu de Dios que había hecho de Elías uno de los más grandes profetas de Israel.
Del mismo modo, Jesucristo, cuando hace su aparición pública, entra en la sinagoga de Nazaret y les dice a sus sorprendidos paisanos: “El Espíritu del señor esta sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos…”. Ante tal acontecimiento, los vecinos “se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?”.
En ambas narraciones, subyace un solo protagonista: el Espíritu de Dios. Aquel que está desde siempre. Es ese mismo Espíritu del Señor el que habita en nosotros. Es la fuerza que hace que podamos disfrutar, conocer y hacer crecer las capacidades sobrenaturales que tenemos dentro de nosotros mismos. Como me suele decir un chaval: “Nico, creo que la gente no sabe lo que puede ser”. Es cierto, si supiéramos descubrir la capacidad que tenemos dentro de nosotros mismos, ciertamente nuestra vida sería totalmente distinta, muy diferente. Por un lado, dejaríamos la mediocridad, el miedo, la cobardía y nos afirmaríamos en la seguridad de hacer bien las cosas, porque todo lo que hacemos procede del AMOR con mayúsculas. Y, por otro lado, si tuviéramos al Espíritu de Dios, tenderíamos a las cosas buenas y sabríamos dar lo mejor de nosotros mismos para hacer que nuestra vida sea significativa  y para hacer felices a los demás.
El Espíritu de Dios nos arrebata, nos posee, nos inunda y nos embriaga. Hace que las cosas tengan otro rostro. Por decirlo de alguna manera, vemos la realidad con otros ojos y juzgamos con criterios penetrados de amor. El Amor nos posee y hace que demos fruto de Amor. Por ello todo tiene otro sentido.
El Espíritu, torbellino de amor, produce efecto en nosotros: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, etc. Todo lo necesario para ser felices y hacer felices a los demás. Es una colección de capacidades que nos hacen sobrenaturales. Con ellas, ciertamente, tenemos todas las herramientas para construir una personalidad reconciliada, amable, segura de sí misma. Para tener un corazón aquilatado en el amor, en el oro de la calma y la sabiduría. Para poseer un carácter benevolente, capaz de despertar en los demás las mejores cualidades.
Todo esto no es quimera utópica ni idealismo ingenuo. Es vida espiritual. Es lo que Dios quiere de nosotros, que seamos capaces de atisbar a su Espíritu para ser totalmente felices. Nuestro reto es sintonizar con lo divino para dejar que el Espíritu resuene en nuestro interior, para que se muestre y se manifieste. Debemos hacer del Espíritu nuestro mejor amigo, nuestro tesoro seguro. Nada debe ser preciado como el Espíritu. Tenemos que hacer de él el sostén de nuestra vida. Porque es la fuerza sobrenatural que nos da la sabiduría necesaria para poder hacer frente a las empresas y desafíos diarios.

Basta de dudas y fracasos. Nuestro reto es ser hombres nuevos, hombres de Dios. Seguros de sí mismos, amantes de los demás y cimentados en lo que trasciende nuestra finitud. Es el momento de echar fuera nuestros miedos e inseguridades. Tenemos que coger los remos de nuestra vida con fuerza y echarnos a la mar. Debemos dejar que muera el “hombre viejo” para dejar nacer al “hombre nuevo”. ¡Nacer otra vez! Ése es el reto: radiantes, esplendentes, empapados del “agua y del Espíritu de Dios”. Que podamos saludar, como san Pablo, con el corazón ensanchado a más no poder, deseando lo mejor para el otro, en una explosión de amor: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros. …”.