Estamos bien en el refugio los 33

Esta frase se hizo popular en el año 2010, cuando 33 mineros chilenos quedaron atrapados en la mina san José, en el desierto de Atacama. El mundo entero ya los daba por muertos y la desesperanza ya había resignado al pueblo chileno. Sorprendentemente, 17 días después por la boca de la mina apareció un mensaje redactado por los mineros: “Estamos bien en el refugio los 33”.

Estas palabras sonaban a cuento, a poesía. El mundo esperaba un mensaje de auxilio, un grito desesperado: ¡sáquennos de aquí, socorro! ¡Estamos heridos, tenemos muertos! Pero lo que salió de la mina fue un grito de tranquilidad, de optimismo: “Estamos bien el refugio los 33”. Era una síntesis apretada que resumía el estado de ánimo que mantenía vivos a los mineros, a 700 metros bajo tierra. Sin lugar a dudas, era un buen titular periodístico. Su primer efecto fue devolver la alegría, la sonrisa y la esperanza a sus familiares, amigos y a un país entero. Los mineros se convirtieron en el símbolo de la nación. El mundo entero puso sus ojos en ellos.

Durante los dos meses y medio que duró el rescate, los hombres de la mina mantuvieron vivo el espíritu y supieron convivir con los problemas, las dificultades, las privaciones y, sobre todo, convivir con el carácter de cada uno. Podemos imaginar lo difícil de la convivencia, agudizada por la limitación del espacio, la falta de comida, de servicios, de ropa, de medicinas, de agua y la conciencia de saber que en cualquier momento la mina podía ceder y aplastarlos a todos.

Los 33 mineros eran hombres rudos, secos, con distinto carácter. Muchos de ellas tenía una historia complicada: vicios, dramas familiares, problemas sicológicos, entre otras cosas. Habían pasado muchos años como mineros y conocían bien los peligros de su profesión. Y sabían también lo difícil del rescate y lo real del fantasma de la muerte.

Además, imaginemos los conflictos, los roces, discusiones y desavenencias que pueden surgir en la convivencia de 33 hombres adultos en condiciones extremas. Sumemos a esto la presión mediática de las cámaras y de los ojos del mundo puesto sobre ellos. Los hombres de Atacama estaban sometidos a una presión asfixiante.

Ante esta realidad, sólo había dos alternativas: organizarse y tratar de sobrevivir juntos, en equipo o desesperarse y cada uno salvar su pellejo. La actitud que asumieron estos hombres fue la primera. En todo momento buscaron primar los intereses del grupo: elegir un líder que marque el ritmo de la convivencia, infundir ánimo, transmitir seguridad y optimismo a sus compañeros ayudar a los desesperados. También tuvieron que racionalizar la comida, repartir trabajos, tener un horario de actividades; es decir, crear un ambiente agradable de modo que todos estén bien.

Era muy probable que esta historia terminara en tragedia, como han terminado otras cientos de historias similares en el mundo. Sin embargo, cuando se produjo el rescate y los mineros salieron del vientre de la tierra, la historia tuvo un final feliz. Lo que contaban los 33 mineros fue que esto fue posible gracias al optimismo que se infundieron entre ellos y al esfuerzo que puso cada uno para que el otro esté bien.

Cuando terminó de salir el último minero: Luis Urzúa, el jueves 14 de octubre de 2010, el mundo entero estalló de alegría y Chile se llenó de orgullo. Era el triunfo de la solidaridad, de la superación, del optimismo, del trabajo en equipo. Era una lección de fraternidad que el mundo recibió asombrado.

Allá abajo, a 700 metros de la superficie, se vivió una historia digna de contar y de ser aplicada a nuestra propia vida. Cuando pasó el efecto mediático de este acontecimiento y el grupo regresó a la cotidianidad de sus vidas, me llamó la tención las palabras de psiquiatra Rodrigo Gillibrand, quien manifestaba su sorpresa porque muchos de los supervivientes le dijeron que les gustaría verse encerrados de nuevo, porque sentían nostalgia de la fraternidad vivida en aquellos días.