MACHU PICCHU

  MACCHU PICCHU: ¿Dónde está el hombre?

“Piedra en la piedra, ¿el hombre, dónde estuvo? Aire en el aire, ¿el hombre, dónde estuvo.Tiempo en el tiempo, ¿el hombre, dónde estuvo?” Estas interrogantes entretejidas entre los versos del genial Pablo Neruda en su poema “Alturas de Macchu Picchu” se filtran en el pensamiento y reclaman ser absueltas cuando uno visita la mítica tierra incaica.

Hace unos meses, providencialmente, tuve la suerte de conocer las tierras históricas del Cusco, tierra de sangre, de llanto, de luchas, de gozos, de sueños y de esperanzas de una civilización colorida que fue mutilada, saqueada, violentada, herida en su identidad. Sin embargo, parte de ella, ha sobrevivido en la historia, en la cultura de sus propios conquistadores y en el implacable tiempo. 

El Cuzco – y el Tahuantinsuyo entero- nos cuenta meditabundo, bajo su sol mágico, de las batallas, ritos, proyectos, costumbres y majestuosidad de un imperio gigante, soberano, que se expandía severo por Sudamérica difundiendo su cultura, genuina, propia, autóctona. Macchu Picchu fue el bastión que se mantuvo secreto, escondido de la ambición y destrucción conquistadora. Hoy sus ruinas nos hablan de vida, de lucha, de grandeza, de poder; pero también de sufrimiento, de injusticia y de dolor humano.

Pablo Neruda en su magistral poema “Alturas de Macchu Picchu” nos hace la pregunta por el hombre: ¿el hombre, dónde estuvo? Al ver, por un lado, las gigantescas rocas tan arquitectónicamente talladas, con el corte preciso en sus aristas y, por otro lado, el contexto geográfico: una enmarañada montaña a 450 metros de altura por encima del nivel del valle y a 2.438 metros sobre el nivel del mar, nos hacen desviar la mirada y preguntarnos por el cómo: ¿Cómo lo hicieron?, y más aún, ¿Quienes lo hicieron? La respuesta no es otra que el hombre: arquitectos e ingenieros incas; pero también hatun runas (hombre común), Yanaconas (esclavos perpetuos) y Piñas (prisioneras de guerra) que dejaron sus huellas en cada piedra, que dejaron el testimonio de su sacrificio y oblación. Que sufrieron el dolor, la injusticia, la impotencia de la explotación, de la esclavitud y del sometimiento. Habría que preguntarse cómo sufrieron éstos hombres, cuántos años de sus vidas trabajaron sometidos, vasallos, prisioneros del sistema; habría que mirar debajo de las piedras, las huellas de esos hombres, el grito de su libertad sometida, el espacio de su vida cautiva y la injusticia sistemática institucionalizada.

¿El hombre, dónde estuvo? Hoy, al contemplar esta obra convertida en una de las siete maravillas del mundo antiguo y visitado por millones de turistas de los 5 continentes, que se rinden ante la imponente belleza y majestuosidad de esta obra de hombres, es necesario preguntarse: Hoy, ¿El hombre, cómo está? ¿Cómo está siendo tratado, el hombre en Macchu Picchu, en el legendario suelo cusqueño? Lamentablemente creo que, como siglos atrás, el hombre sigue siendo esclavizado y sometido a la más cruel injusticia. Ya no es el sistema teocrático y político incaico, sino es el sistema económico globalizado y la injusticia hirviente en el corazón de los hombres que ven en Macchu Picchu –Y en todo el Cusco- una gran mina de oro que hay que explotar; que ve al turista como un sujeto cargado con millones de dinero en sus mochilas, que hay que asaltar a toda costa. Los cusqueños, gente hospitalaria y bondadosa por tradición, siempre han estado acostumbrados al trueque, a la posada, al bien común, a dar lo que tienen y mirar por encima de todo, al foráneo, al forastero que llega y acogerlo con esmerada atención.

Lamentablemente, hoy, esa cultura de diversos pueblos cusqueños está desapareciendo y lentamente alienándose. La monetización del afecto, la dolarización del gesto acogedor, la cotización de la sonrisa y las palabras amables se reducen a “One dólar”. No exagero al constatar precios quintuplicados, servicios inflados y mentalidades mercantilistas exageradas; el escandaloso monopolio y el mal servicio del tren, único medio para llegar a Macchu Picchu, y las colas abusivas madrugadoras para alcanzar un boleto; el negocio próspero de las agencias de viajes que se adueñan de rutas, destinos y hasta de Iglesias y museos; el desprecio que sufre la población cuzqueña en su propia tierra: marginados como ciudadanos de “vagón de tercera clase”, convertidos en un gravosa realidad que hay que disimular.

¿Dónde está el hombre? Es necesario hacernos esta pregunta, para promover un turismo humano, acogedor que vea al hombre como hombre, como ser humano y no como un objeto mercantilizado, ni un banco humano apetecible. Tenemos que ser creativos y honestos, proveer de servicios justos para mostrar nuestro pasado auténtico; tenemos que valorar nuestro patrimonio histórico, para ofrecérselo, de la mejor manera, a toda la humanidad; tenemos que reivindicar al pueblo cusqueño, que es más que un simple objetivo fotográfico; tenemos que redescubrir la naturaleza acogedora y hospitalaria de los cusqueños; tenemos que, en honor a los hombres que con sus manos construyeron Macchu Picchu y las otras construcciones incaicas, rescatar la dignidad del hombre, la libertad del ser humano, la pasión por la vida, para que la pregunta por el hombre tenga una respuesta orgullosa de dignidad, igualdad, respeto y amor humano, que trasciende, el tiempo, la historia y la misma vida.