Por qué

La pregunta sin respuesta
Hay preguntas que parecen nunca encontrar respuesta; hay respuestas que nunca satisfacen ni absuelven la pregunta. Algunas de ellas me tocó inquirir en estos días; las pasé por miles de razonamientos, las coloqué en el centro de mi entendimiento y las sometí al más riguroso análisis. Examiné el argumento una y otra vez, revisé la ortografía, la sintaxis, la gramática y el proceso de inferencia. Busqué autores, culpables, intrigantes y responsables. Nada, nadie. ¡Vano trabajo! No encontré respuesta ni atisbo de iluminación.
 
 ¿Por qué el sufrimiento, el dolor y la enfermedad? ¿Por qué se hacen más intensos cuando atacan y secuestran la vida de un ser querido? ¿Por qué ensombrecen la alegría, el amor, la esperanza y la utopía de la felicidad? ¿Por qué llega la sombra de la muerte sobre esta vida, única, corta, temporal, raquítica y limitada? ¿Por qué laceran nuestra alma y arrebatan nuestra paz? ¿Por qué? ¡Por qué?
 
Escribo con el dolor asfixiando mi pecho, con mi respiración entrecortada, con mis ojos burbujeando lágrimas vivas, como manantiales de agua salada. Escribo con la mente girando en espiral, como un torbellino por el cielo, por la inmensidad, por el universo. Mi entendimiento viaja, vuela, corre veloz persiguiendo una respuesta, buscando arrancar un por qué al destino. No hay respuesta, no hay autor ni autores..., no hay palabras.

No hay explicaciones ni versos consoladores. No hay culpables ni tiranos. No hay ángeles ni vírgenes. No hay demonios ni bienaventurados. No hay intrigantes ni responsables. ¡No los hay! Sólo hay una esperanza dulce que llega y se acurruca en mi corazón, que se instala y me hace respirar hondo, profundo, lento y suave. Que me hace susurrar dulce, ardientemente: ¡Dios! ¡Dios, Dios mío! Y eso acalla mis preguntas, aquieta mi corazón y me devuelve la paz. Restaura mis sueños y la utopía, mi dulce utopía..., y me hace revivir.